Columnas Esperando al zurdo

Postigo

Por Antonio Medina de Anda

En la búsqueda de una correlación de fuerzas favorable para la ventaja política, por ejemplo electoral, se juegan procedimientos partidistas múltiples con el objeto de convenir alianzas, acuerdos o pactos que coincidan con programas comunes cuya vigencia tendrá determinado plazo en función de lo convenido, obligaciones suscritas y posiciones alcanzadas. Vale recalcar que una alianza entre diferentes concepciones políticas, ideológicas, doctrinarias o abastecidas por quehaceres dispares no son accesibles por sustentarse en principios arraigados ya que, per se, significan la razón y ser del duplo partido-militancia en cuanto búsqueda del poder por medio de un discurso derechista, liberal, izquierdista, socialdemócrata, etcétera. Precisamente por la forma y contenido de las coaliciones partícipes en el proceso comicial recién concluido, no faltó quien juzgara de ilógicas, convenencieras y antinatura las fórmulas partidistas contendientes porque, entre otras características, en toda organización imperan contradicciones entre sí que asociadas al pensamiento y acción difieren del cómo, cuánto y porqué enmendar o justificar el atolladero donde un puñado de insultantes usurpadores de los mexicanos descansan, sobre la garganta popular, su hiriente espuela. En las suscitadas coaliciones, la historia ha registrado consensos entre diferentes donde, de no haberse materializado, los resultados hubiesen sido (en acuerdo con la ley de las probabilidades) distintos a como quedaron inscritos desde la época romana al mundo contemporáneo que abarcan, no solo la guerra y la paz, sino, incluso, el equilibrio de regímenes indistintos a su carácter clasista que para preservar la revolución socialista rusa de 1917, por citar un caso, se hicieron alianzas entre contrarios llamados por Lenin “compañeros de viaje”, consciente de que cumplido lo convenido cada quien reanudaría su camino partidista. Reflejados en el precedente espejo, teóricamente los partidos mexicanos simbolizan una resta de la suma total de aquellos ciudadanos que por sus creencias, intereses o ambigüedades comparten el razonar y actuar derechista, centrista o izquierdista con sus variantes que, a la hora de gobernar, imponen el signo ideológico del vencedor que legitimado por la mayoría definirá el rumbo a seguir ajeno, por tanto, al mojigato “gobernaré para todos” a contrapelo de AMLO, quien sin discriminar especifica: ¡por el bien de México, primero los pobres! Afirmación y deber que exige del naciente gobierno no solo apartarse de robar, mentir y traicionar sino, en congruencia, ser un convencido de que “sin principios ni convicción revolucionaria –escribió Fidel Castro– la lealtad no existe y toda amistad es falsa…” donde, el termino revolucionario, abarca el reto que implica enfrentar para transformar la herencia nociva trasferida por los déspotas a nuestra nación y su pueblo y, en esa proyección, salvo antecedentes probados, muchos de los diputados, senadores y otros personajes de perfil arribista empañan el presente, pues ni con lupa ensamblada al farol de Diógenes es posible ver a los contendientes que dieron lo mejor en aras de una Morena democrática, participativa y transparente; más de izquierda que de posturas ambiguas. Muy mal para las mayorías si se imponen los fines sin importar los medios… * El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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