Columnas

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

El viejo pino ha muerto. Lo conozco desde que él era joven y yo niño. Crecimos juntos: él en medio del valle; en medio de la vida yo. Los dos supimos de vientos y de tempestades. Ambos oímos el canto de la vida: en él anidaron las aves; en mí hizo sus nidos el amor. Ahora este árbol ya no es árbol. Es una sombra de árbol. Sus ramas secas parecen manos esqueléticas que se alzan al cielo para implorar la dádiva preciosa de un año más, de un día más, de un minuto más. También mi tiempo se está yendo, pero yo no le pediré que se detenga o vuelva. Cuando llegue el final también levantaré las manos, pero para dar gracias por los años que he vivido al Señor que mide la existencia de los árboles y de los hombres. Vendrá el leñador con su hacha y acheará abajo el pino. Yo no quiero recibir su leña. Ya le dije al leñador: "Llévatela tú". Si el viejo árbol ardiera en mi chimenea sus llamas serían como un reproche por estar yo aquí después de que él se fue. ¿Cuándo vendrá por mí el leñador? ¡Hasta mañana!...

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