Columnas

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

Hemos puesto esta reja como adorno en el patio central de la casona que estamos restaurando por la calle del General Cepeda al sur. Es de hierro esa reja, labrada quizá por manos vizcaínas en el antepasado siglo. Pesada, pesadísima, se necesitaron seis hombres para ponerla en su lugar. En sus barrotes tiene adornos emplomados, y cada barrote muestra arriba un pico de lanza que da a la reja aspecto belicoso. Y sin embargo esas antiguas rejas saltilleras servían para el amor. Mil veces escucharon las eternas palabras del "¿Me quieres?" y el "Te quiero" que los siglos repiten como eco. Sabían de la realidad y de la fantasía. Un gancho en ellas servía para colgar en alto la olla de la leche que dejaría el lechero en horas de la madrugada, y que no se la bebieran los gatos callejeros. Ésa es la realidad. Tras de la reja había siempre un caracol marino que evocaba un océano lejano que nunca se iba a ver. Ésa es la fantasía. Yo miraré esa reja, y desde ella me verán los amables fantasmas del pasado: la señorita que sentada en una silla de Viena espera a su galán: el adusto caballero que se asoma a hurtadillas de su esposa a ver pasar a las muchachas que van al colegio josefino. Esta reja tan pesada tiene la ligereza de los sueños. ¡Hasta mañana!...

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