Columnas MIRADOR

Mirador

Este libro conserva el recuerdo de una flor. La noche me ha contado su leyenda, y ahora la relato yo. El libro perteneció a doña Angelina de la Peña y Böhr. Tenía ella 25 años y no se había casado. Era, pues, una solterona. Fue entonces cuando pasó por Ábrego un piquete de soldados del Gobierno al mando de un joven capitán. Tres o cuatro horas estuvieron los militares en la hacienda a fin de dar descanso a sus cabalgaduras. En ese breve tiempo el capitán enamoró a Angelina. Cortó un clavel de un tiesto, lo besó y se lo dio a la muchacha. Le dijo que volvería. Nunca regresó, según obligada tradición. Angelina guardó la flor entre las páginas de un libro. Con ella fue envejeciendo. Horas antes de morir pidió que le pusieran el clavel en las manos, y con él fue al ataúd y a la sepultura. Sé que hay muchas historias como ésta, de hombres que prometen en vano y mujeres que en vano los esperan; de flores entre las páginas de un libro; de tumbas olvidadas. Pero esta historia es de Ábrego. Haré de ella una flor y la pondré en las páginas de un libro. ¡Hasta mañana!...

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