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Columnas Historias de la creación del mundo

Mirador

El Paraíso era en verdad un paraíso, entre otras causas porque reinaba en él un gratísimo silencio. Sólo se oía el murmurar de los arroyos de leche y miel que corrían entre las hierbas del jardín, y el trino de las aves que decían su canción en la fronda de los árboles. ¡Cuán deleitoso era ese silencio! Con decirles que ni siquiera Eva lo interrumpía. En eso, sin embargo, se oyó un estrépito de gritos y de risas; una barahúnda como de jolgorio o diversión. Se escuchaban voces alegres; expresiones entusiastas, carcajadas de felicidad. Esa algarabía sobresaltó al Señor. Bajó al jardín y le preguntó al hombre: –¿Qué sucede? Respondió Adán: –Es que están de fiesta los pejelagartos. ¡Hasta mañana!...

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