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Mis nietos mayores dice que la gata que ha hecho su casa en la cochera de la mía es "putilinga". Sucede que con alarmante frecuencia trae al mundo una nueva camada de gatitos, todos de distinto pelaje, como hijos que son de diferentes padres. Los cuida con celo de abnegada madre, pero tan pronto los desteta vuelve a las andadas para hacer una nueva edición del mismo libro. Yo no creo que la minina sea eso que mis nietos dicen. Lo que hace es cumplir con el más sagrado rito de la vida, que es su perpetuación. Al milagro de vivir se corresponde con el milagro de dar vida. Hay más de sagrado en una cuna que en un templo. Si yo pudiera le haría una gran fiesta a la gatita cada vez que volviera a ser mamá. Le pediría a un fara fara -así se llaman los conjuntos de música norteña- que le tocara el emotivo chotis llamado "Amor de madre", y le recitaría "El brindis del bohemio". La gatita no es una "putilinga". Es una representante de la vida. Es decir una representante del buen Dios. ¡Hasta mañana!...

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