Columnas MIRADOR

Mirador

John Dee fue al bosque esa mañana. Antes se pasaba todo el tiempo entre las cuatro paredes de su taller de alquimia, oscuro y frío, pero desde que conoció a una mujer llena de luz, y cálida, habitaba en los cuatro rumbos cardinales del mundo y de la vida. En la espesura John Dee miró los elevados pinos y la brizna de hierba apenas brotada de la tierra; oyó el grito de los pájaros azules y el canto de la alondra, eternamente enamorada; percibió el aroma de la flor, húmeda de rocío; probó el dulzor del agua clara del arroyo, y sintió en su cuerpo la tibieza de los rayos de sol que se filtraban entre el ramaje de los árboles. Apareció en eso el abad del convento, que iba por el sendero hacia la aldea. Le dijo el monje: -Me asombra ver que no trajiste un libro. John Dee hizo un ademán que abarcaba el bosque, la hierba, las aves, la tierra, el agua, el sol. Y dijo: -Éste es mi libro. Es el que leo ahora. ¡Hasta mañana!...

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