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Columnas La avalancha de migrantes

Mar de Fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

Las imágenes de grandes números de población desplazándose de un país a otro, ya sea para buscar refugio o para encontrar mejores condiciones de vida, se han vuelto cotidianas en los últimos años. Lo hemos visto en algunos países europeos durante los últimos cinco o diez años, en muchos casos con escenas dramáticas y angustiantes, en los que se involucran muchos jóvenes, niños y mujeres. Ahora esta escena la tenemos en la frontera Sur de México como nunca la habíamos visto, con la migración masiva de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños, que en un número aproximado de 7 mil se han internado en territorio mexicano con la intención en muchos casos de llegar a la frontera con Estados Unidos, otros probablemente se quedarán en nuestro país. La oleada de migrantes despierta el temor en un amplio sector de los mexicanos, que temen perder el empleo o que se incrementen los niveles de inseguridad. Sin embargo, también despierta la solidaridad en muchos otros grupos, como lo estamos viendo en el recorrido de la caravana hacia la frontera Norte. A pesar de ser un fenómeno cotidiano y permanente, y cada vez más global, siguen sin entenderse (o de aceptarse) las causas últimas que motivan la migración, ya sea por algunos gobiernos o por algunos sectores de la población. En este caso, la migración centroamericana que se interna a México para llegar a Norteamérica tiene sus raíces en la miseria y el hambre que padece su población desde hace años. Masas enteras de población huyen, además, de la violencia o de la persecución desatada por las pandillas de delincuentes que se han formado en esos países ante la falta de gobernabilidad. La mayoría de ellos, si no es que casi todos las países centroamericanos, son estados fallidos, sumergidos en la pobreza, con gobiernos precarios y azotados por grupos delincuenciales. Los grupos humanos que vemos desplazándose angustiosamente ahora por nuestro territorio, en la mayoría de los casos, están huyendo de aquella oprobiosa situación social y política. Es el último recurso para poder sobrevivir, para salvarse o para salvar a sus hijos de esa amarga experiencia. Las preguntas clave que surgen ahora de este fenómeno es si México va a cambiar su tradicional política hacia la migración centroamericana y, de manera especial, qué va a hacer ante la embestida o las presiones del presidente Donald Trump, que no sólo ha aumentado las presiones hacia nuestro país, sino que exige que el gobierno mexicano juegue el papel de gendarme deteniendo a los migrantes centroamericanos. La política tradicional de México ante los migrantes centroamericanos siempre ha sido la de hacerse “de la vista gorda”, o bien, acatando las órdenes de los gobiernos estadounidenses, formar un filtro para impedir su llegada a la frontera Norte. Con ello propició el surgimiento de una “industria del crimen” alrededor de la migración e implícitamente la violación sistemática de los derechos humanos de los migrantes. Para evitar la confrontación con Donald Trump, ¿el nuevo gobierno mexicano encabezado por Andrés Manuel López Obrador va a ceder a las presiones de aquel para detener la migración de centroamericanos? ¿O cuál es la política que va a adoptar ante la avalancha de migrantes y, en el otro extremo, el fuego acusatorio de Trump? Se antoja una etapa cargada de problemas en la relación entre ambos países, pero también de una gran oportunidad para hacer un viraje sustancial en la política de México hacia la migración, no sólo centroamericana sino también mexicana. No está fácil, pero la única salida para contener la migración es crear las condiciones sociales y mejorar los niveles de vida de la población. Mientras eso no cambie, seguiremos viendo grandes oleadas migratorias de centroamericanos hacia nuestro país y hacia Estados Unidos, en donde gobiernos como los de Donald Trump pueden utilizarlas para atemorizar a su población, para sacar raja política y electoral (como ahora) y, como corolario, para ampliar y fortalecer los sentimientos de odio y discriminación hacia los otros, hacia los extranjeros que tengan un color de piel diferente. Vienen tiempos difíciles o, como diría el sociólogo Zygmunt Bauman, tiempos líquidos; un mundo que aparentemente se nos escapa de las manos. Me temo que los gobiernos no lo entenderán. El autor es analista político

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