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Columnas El colapso de los partidos

Mar de Fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

Los partidos políticos todavía se niegan a reconocerlo pero la votación del 1 de julio significó un rotundo rechazo a los partidos en general, incluso hacia aquellos que no participaron en los comicios. El proceso para reconocerlo será muy largo y vendrán etapas de desgarramiento interno, de conflictos irresolubles hasta llegar incluso a su posible desintegración, como ya se está viendo en el PRI, en el PAN y en otros de menor dimensión. Es muy difícil rehacer un partido en el marco de la derrota electoral, pues no hay la serenidad para comprender las causas y para repensar el futuro. Lo que hay es una lucha intestina entre distintos grupos por quedarse con un aparato en ruinas, más que emprender una búsqueda para su reconstrucción sobre bases distintas y orientaciones políticas e ideológicas nuevas. Es como si los grupos se disputaran los despojos en una especie de rapiña política. El problema es fundamental porque según varias encuestas nacionales una gran mayoría de la población no se identifica con los partidos políticos, un rasgo que se acentuó durante los últimos años y se expresó claramente en la votación de julio pasado. De acuerdo con una encuesta de Buendía y Laredo de agosto pasado, el 52 por ciento de los entrevistados no se identifica con ningún partido político, el 24 se identifica con Morena, el 9 con el PAN y el PRI respectivamente, el 2 con el PRD y el 4 con otras fuerzas políticas. Es decir, los porcentajes son extraordinariamente reducidos, incluido el de Morena pues simplemente el PRI tenía un 37 por ciento al inicio del gobierno de Peña Nieto. Otros datos que refuerzan este alejamiento de los partidos por parte de la ciudadanía, es que el 63 por ciento de los electores prefiere votar por un político sin vínculos partidistas, el 73 por ciento se fija más en el candidato a la hora de votar y, por último, para el 63 por ciento sería mejor que en las elecciones compitieran candidatos sin partido (datos citados por Jorge Buendía, El Universal 11/9/18). La gente o el ciudadano común dejaron de tener confianza en los partidos, sean del signo que sean, pero también en los políticos que han gobernado en los últimos 30 años, a los que se les adjudica gran parte de la corrupción, el deterioro de la calidad de vida, la carestía, la inseguridad y la falta de desarrollo del país en general. La campaña de AMLO fue contra todo ese estado de cosas, a las que les puso distintos nombres, desde la “mafia del poder” hasta los gobiernos del Prian, etcétera. Es decir, AMLO exacerbó el rechazo ya anidado entre la gente hacia los partidos y la partidocracia. La pegunta que surge de todo esto es, ¿y ahora qué va a pasar cuando Morena se vaya estructurando como un partido político y dejando de ser un movimiento? ¿Qué va a pasar con sus electores y simpatizantes? Es muy posible que Morena, al convertirse en un partido más formal, corra la misma suerte que los otros, sobre todo si no introduce cambios sustanciales en su vida interna. El escenario puede ser muy simple, pero es real: si el gobierno de AMLO da resultados, si se cumplen una buena parte de sus propuestas, y si todo eso se traduce en un cambio en las condiciones de vida de la población, Morena como partido político va a seguir obteniendo una gran votación y simpatía de sus electores. Pero también puede darse el caso contrario. Este proceso llevará mucho tiempo, quizás más de 6 años, es decir todo el sexenio de López Obrador por lo menos, lo que hace más difícil todavía la reestructuración o el fortalecimiento de otros partidos políticos en un contexto donde se ha desplomado la identificación con estas organizaciones y los electores buscan otro tipo de líderes para gobernar. En otras palabras, los partidos se han desplomado, los electores se han alejado de ellos y ya no confían en ese tipo de organización, una tendencia que puede incluso acentuarse, pero son -hasta ahora- las únicas instancias aceptadas formalmente para participar en las elecciones y acceder al poder. ¿No es esto una contradicción? ¿No dañará este proceso a la democracia como sistema de gobierno? Una cosa es cierta de todo esto: no va a ser fácil que los partidos hoy derrotados, o aquellos que quieran seguir sobreviviendo, puedan lograrlo. No es un problema de enmendar errores o cambiar las dirigencias lo que está en juego, sino un problema que alude a la forma del partido y a esa tendencia casi inexorable de los mismos para alejarse de los intereses de la ciudadanía. Se necesitan otros partidos políticos, con otras prácticas y otras visiones, así como con otros mecanismos de control por parte de los ciudadanos, aparte del voto. ¿Estaremos asistiendo a ese proceso o las cosas van a seguir igual, pero con otros nombres y otros actores políticos? Ya veremos. El autor es analista político

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