Columnas El nuevo rostro del Congreso

Mar de Fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

Lo que prácticamente parecía impensable que sucediera con la composición del Congreso de la Unión en México, volvió a suceder con los resultados de la elección de 2018, al quedar la gran mayoría de las curules en manos de un solo partido como es Morena. Un hecho que no ocurría desde 1997, pues a partir de entonces el poder legislativo se dividió entre dos o tres fuerzas principales como fueron el PRI, el PAN y el PRD. Muchos analistas, o una buena parte de ellos, creíamos que era muy difícil que un solo partido volviera a dominar o a tener el control de las cámaras legislativas, como había sucedido con el largo periodo de hegemonía del PRI que abarcó varias décadas del siglo XX. Fueron los tiempos del “partido único” que dejaron una amarga experiencia en cuanto a las prácticas democráticas. Hoy Morena tiene 247 diputados, mientras que el PAN se desplomó y quedó en 80, pero quien se fue al sótano fue el PRI que sólo alcanza 47 diputados. Morena no alcanza la mayoría absoluta por una diferencia de 4 votos (50% más 1), pero puede lograrla fácilmente si suma los votos de sus aliados durante la campaña electoral. También puede conseguir la mayoría calificada si construye acuerdos con otros partidos, por lo que, si quiere, puede hacer algunos cambios constitucionales. El Senado también quedó en manos de Morena con 55 senadores, en tanto que el PAN sólo tiene 23 y el PRI una bancada de 13. Es decir, estamos ante un vuelco impresionante en donde los partidos antes mayoritarios pasaron hoy a ser parte de la chiquillada, sin posibilidades de influir o de oponerse a las reformas o decisiones que pueden ser promovidas por Morena o López Obrador. Otros cambios también novedosos es la nueva paridad en ambas cámaras: en la de Diputados habrá 243 mujeres (49%) y 259 hombres (50%), y en la de Senadores habrá 63 mujeres (49%) y 65 hombres (50%). El problema es que no obstante esta composición, todos los órganos de gobierno de las cámaras, así como en las mesas directivas y en las coordinaciones de las fracciones parlamentarias, quedaron en manos de los varones. Mala señal. Ahora bien, ¿esta nueva composición del Congreso en México significará un cambio radical en su funcionamiento, así como en su práctica y eficiencia legislativa? ¿O hay el riesgo de que el nuevo congreso, dominado por un solo partido, repita la amarga experiencia del pasado? No hay que olvidar que el desprestigio de los diputados y senadores, o del poder legislativo en general, se gestó originalmente a partir de la subordinación de éste al presidente en turno, convirtiéndose en la “mayoría mecánica” que votaba y seguía las órdenes del titular del poder ejecutivo. El Congreso ha tenido esta historia de subordinación y, a partir de 1997, jugó en algunos momentos un papel de contrapeso, aunque más que como una de sus funciones básicas lo hizo como parte de los juegos de poder de algunos partidos con el presidente en turno. Es decir, ha sido más un espacio de trueque político (te doy esto a cambio de otra cosa) entre los partidos y la presidencia. Para cambiar su fisonomía y retomar sus funciones principales, el Congreso federal necesita recobrar su soberanía y su papel de contrapeso y de vigilante frente al poder presidencial, al tiempo que se convierte en un agente activo en la orientación y definición de políticas públicas, aprobando y desaprobando lo que esté a su alcance, al margen de si choca con la visión del Ejecutivo. Por lo tanto, el reto de Morena es enorme. ¿Cómo podrá combinar la recuperación de la soberanía del Congreso frente a la presidencia siendo al mismo tiempo un aliado de la misma, pero también un contrapeso y un espacio de negociación con las otras fuerzas políticas? Lo más fácil para Morena sería ejercer “su mayoría” y aprobar todas las iniciativas de AMLO, así como ignorar a la oposición aprovechando su debilidad, pero esto nos regresaría de nuevo a la hegemonía autoritaria de un solo partido o la visión única e infalible del presidente que ejerce todo el poder. Este es el punto. Es muy posible que los electores que votaron por Morena y por AMLO lo hicieron de esa forma para que el presidente de la República no tuviera ningún obstáculo a la hora de gobernar, especialmente en las cámaras legislativas (como le sucedió a los presidentes anteriores), pero esto que se ve como una ventaja también puede hacer surgir de nuevo a la “mayoría mecánica” de un sólo partido y el debilitamiento de la pluralidad política. Si hay un cambio en México con la llegada de un nuevo partido al poder, lo vamos a ver aquí de manera inmediata y sin esperar tanto tiempo. Es decir, empezando por el Congreso. Hay que estar atentos. *El autor es analista político

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