No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas La derrota del Prian

Mar de Fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

El tercer debate entre candidatos presidenciales del martes pasado fue la última oportunidad para ver si podía generarse un cambio sustancial en las actuales tendencias electorales, porque, para fines prácticos, con este debate las campañas empezarán a languidecer. El jueves empezó el Mundial de futbol y casi todo el mundo se olvidará de la política hasta el día de la votación. En el debate pasó lo que ya se esperaba: dos candidatos (Anaya y Meade) atacándose furiosamente entre sí para definir claramente, en el último tramo de la campaña, quien se queda en el segundo lugar, al tiempo que se descargaban algunos golpes a López Obrador que se ha mantenido muy adelante en las encuestas. AMLO, por su parte, se mantuvo en la misma postura, sacando raja del enfrentamiento de los otros. Esto quiere decir que si en estos últimos 15 días que faltan para el día de la votación no sucede nada extraordinario, algún hecho inédito que contribuya a cambiar radicalmente las preferencias electorales, el PAN y el PRI se aproximan a una derrota segura. Cito a continuación algunos de los elementos más notables que pueden explicar esta situación. El PAN y sus aliados que formaron la coalición Por México al Frente y postularon a Ricardo Anaya como candidato, nunca pudieron meterse realmente a la campaña y, cuando en algún momento parecía que podía despegar, salió el video que lo involucraba en un negocio con financiamiento ilícito. Ese video con claros fines electorales lo detuvo en seco y ya no pudo recuperarse. Después, en una estrategia desafortunada y errática, Anaya trató de disputar a los votantes que, como decían todas las encuestas, se inclinaban por “el cambio” y estaban simpatizando con AMLO. A partir de ahí arreció sus ataques a Enrique Peña Nieto y, ya más reciente, acusó a López Obrador de haber llegado a un pacto con este último para ganar la presidencia. En otras palabras, por más que le buscó junto con sus asesores convertirse en una opción “antisistema” y antiPRI, o en una alternativa que se alejaba o se diferenciaba del régimen priista pero también de la opción representada por López Obrador (anclada en el pasado), nunca pudo lograrlo, y se mantuvo a lo largo de la campaña entre un 20 y 25 por ciento de las preferencias. Meade por su parte también ha tenido más tropiezos que aciertos. Su tercer lugar en las encuestas no es fortuito. Surgió como un candidato ajeno al PRI y a la base electoral de ese partido, con un equipo un tanto estrafalario y sin experiencia política, pero con mucho odio hacia su principal adversario. Ahí se consumió más de un mes de campaña, buscando que los priistas lo “hicieran suyo”. Sin tener idea de lo que es una campaña electoral, atado política e ideológicamente a un gobierno con muy bajos niveles de aprobación, asociado a los gobiernos cuyas políticas económicas y sociales han fracasado en los últimos 30 años, orgulloso de su neoliberalismo y de una tecnocracia que ha querido gobernar a un país desde el escritorio y las formulitas insostenibles del Consenso de Washington, Meade se quedó todo el tiempo estancado. El puntaje de Meade en las encuestas es el más bajo que haya mostrado un candidato priista en los últimos tiempos. En su último empujón durante esta campaña, más que reflejar un intento por ganar la presidencia, Meade y el PRI están buscando salvar los últimos vestigios del partido en los estados, los municipios y el congreso. La única pregunta que queda es esta: ¿está descartado un fraude en la elección presidencial? No, por supuesto que no, pero esta vez un fraude puede resultar más complejo para sus operadores. Un fraude no es lo que ocurre después de la elección, sino lo que ocurre antes y durante el proceso de la votación. Los votos comprados por los partidos constituyen un fraude, pero aparecen como legales a la hora de contarlos. También los fraudes son más posibles cuando la diferencia, según lo que indican las encuestas, entre el primero y el segundo lugar es muy pequeña (como en 2006, por ejemplo), o cuando un movimiento inesperado de un segmento de votantes se inclina en el último momento por otro candidato. Ninguna de estas condiciones parece viable o posible en estos comicios. En fin, hay muchas otras condiciones que dificultan un fraude descarado por parte de los que les asusta una derrota electoral o aquellos que quieran impedir a toda costa el triunfo de un candidato, por más que se esté en desacuerdo con él o sus postulados. Entonces, si descartamos un cambio abrupto o violento en esta elección, la derrota del Prian es segura. El autor es analista político.

Comentarios