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Columnas ¿Por qué no despega Anaya?

Mar de Fondo

Durante toda la campaña electoral Ricardo Anaya, candidato presidencial del Frente por México, se ha mantenido con algunas variaciones en el segundo lugar, según las encuestas que miden las preferencias electorales. Ya estamos casi a la mitad de la campaña y el candidato sigue en el mismo sitio, con una diferencia de entre 9 y 18 puntos con respecto a López Obrador. Había una gran expectativa de que el primer debate entre los candidatos presidenciales le podría ayudar a despegarse, pero su crecimiento ha sido muy pobre, no obstante que algunos medios y algunos opinadores lo vieron como el mejor de los expositores. Antier, en la entrevista que sostuvo en el programa televisivo Tercer Grado, uno de los periodistas le preguntó si la embestida que el gobierno había desatado contra él a través de la PGR, por presuntos asuntos de lavado de dinero, le había afectado en su campaña presidencial. Y Anaya contestó afirmativamente, sin abundar más, queriendo dejar ese asunto en el pasado. Sin embargo, si bien la supuesta investigación de la PGR tenía toda la intención de afectarlo políticamente, con el propósito de que el candidato del PRI pudiera avanzar en las preferencias, no ha sido esa la razón última por la que Anaya no despega en esta campaña electoral. Las razones son otras, como de alguna manera se pudo apreciar en el programa televisivo citado. Para empezar, en orden de importancia o de aparición, Anaya llegó a la campaña electoral con una imagen muy maltrecha por la forma en que se hizo de la candidatura, mostrando un poco cómo acostumbraba abrirse camino en su trayectoria política. Pero sobre todo, cómo su ambición política llevó a una de las más recientes y profundas divisiones del PAN al pasar por encima de las otras corrientes. Después y con el paso del tiempo Anaya ha mostrado que no es el candidato “del cambio”, como ha querido proyectarse durante su campaña, pero tampoco es el candidato que busque transformar las anquilosadas estructuras que los gobiernos del PRI han creado a lo largo de los años. Tampoco es el candidato “joven” con ideas frescas e innovadoras que conecta con las expectativas y las aspiraciones de los jóvenes, una imagen que se ha querido vender para atraer el voto de estos grupos, sin lograr hacer conexión hasta ahora, por lo menos de manera masiva y visible. Lo mismo se puede decir de varias de sus propuestas, algunas muy racionales aunque no necesariamente viables, también de su “gobierno de coalición” que no logra explicar claramente, como se vio en el encuentro televisivo, de sus alianzas políticas con el PRD y MC, cuya fuerza es prácticamente testimonial, salvo algunas regiones como Jalisco y la Ciudad de México para el perredismo (que ahora va a perder). Todas estas cosas no le ayudan a despegar a Anaya, en especial porque todas ellas se pueden sintetizar en que si él ganara la presidencia lo que habría no es un cambio en el país o en las políticas del gobierno, sino una continuidad de lo mismo que se ha hecho en los últimos 30 años por los gobiernos del PRI y del PAN. De algún modo, es lo mismo que le afecta al candidato priista José Antonio Meade, pues para un gran porcentaje de mexicanos tanto él como Anaya representan al “viejo sistema”, con su historial de corrupción e ineficiencia y ahora con la etapa de mayor violencia que afecta a México. En la percepción generalizada de la población, entre Anaya y Meade no hay muchas diferencias: Anaya bien podría ser el candidato del PRI y Meade del PAN. Entre ellos difieren en algunos matices, pero en general y en esencia comparten la misma visión y concepción que sus gobiernos y sus dirigentes han sostenido durante los últimos años. Por eso mismo es cierto lo que se menciona como un rasgo de esta elección, en el sentido de que sólo hay dos proyectos en competencia, uno representado por López Obrador y el otro por Anaya o Meade, que representan lo mismo pero buscan la presidencia por distintos frentes políticos, sin que sea éste un cliché. O sea, en pocas palabras, tanto Anaya como Meade podrían ser buenos candidatos, como se quiere hacer ver, pero, he aquí el gran problema, no representan un cambio. Y hoy, por lo menos para un porcentaje de electores, lo que importa es el cambio. Qué tipo de cambio es otro asunto. El autor es analista político

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