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Columnas Defendiendo el periodismo, defendemos la verdad

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

A diario recibimos todo tipo de información, a través del periódico en papel, o bien por distintas emisiones en la radio, la televisión y en las redes sociales, redactadas por especialistas y aficionados de todo tipo, incluyendo a los que informan con ganas de informar y a los que lo hacen con ganas de desvirtuar o dirigir a sus fines. Es importante considerar el buen uso de la información, recurriendo a la fuente que nos da lugar a la noticia, y realizando una verificación de lo que será informado, lo que resulta importante últimamente en el auge de las redes sociales, donde muchos usuarios, por meros fines de diversión o por buscar destruir o vulnerar la credibilidad de alguna persona, suelen dar informaciones falsas. En el trabajo profesional de la información es indispensable la ética periodística. La apelación a la verdad es necesaria. Tanto periodistas como asociaciones profesionales del ramo, y todos los sectores relacionados con la información, se han referido con más o menos convicción a la verdad como razón y objetivo del periodismo. Ahora hay que actuar en ello. Esa devoción por la verdad, la buena fe con el lector es el fundamento del periodismo digno, y por ello cualquier medio informativo y comunicador u opinador está obligado a decir la verdad, basado en su código ético. Esa idea de “la verdad” que se relaciona con no mentir y saber aquello que otros pretenden ocultar mediante su silencio, sus evasivas o mintiendo, proclama la función social de los medios; aunque hay que decir que a veces, la palabra sólo se usa como estandarte, porque luego, a la hora de intereses, aficiones o mala fe, se olvida por completo. La primera y principal obligación de todo comunicador es el servicio a la verdad de la forma más objetiva y exacta posible, en virtud del derecho que el público tiene a conocerla. Todos los que de alguna manera tenemos el privilegio de comunicar públicamente algo, debemos de ser ciertos. La falsa neutralidad del periodismo otorga las mismas oportunidades a quien dice la verdad que a quien miente. El periodista no debe mentir; y, además, no debe ocultar información relevante. Ninguna. Y si lo hace, es un tramposo. Si la información no es cierta o es un error, fruto de la incompetencia, de la negligencia, o es una mentira, que es asunto de maldad y mala intención. La verdad y la mentira son un asunto de actitud y de intención, que compromete la honestidad del sujeto que la enuncia. Algunos periodistas, sintiéndose superiores e infalibles, han olvidado que más allá de lo que se dice está lo que se da a entender, que uno puede afirmar abiertamente cosas que son ciertas y, con total impunidad, dar a entender cosas ciertamente falsas. ¿Y quién es el depositario de la verdad? ¿Y quién será el árbitro que decida cuál de las interpretaciones de la historia es la verdadera? El día que los profesionales de la información se organicen para bien, ese día cambiarán las cosas. * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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