Columnas Menos quejas, más actuación

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

Desde que la humanidad comenzó a crear civilizaciones, siempre ha habido problemas sociales. Casi todos los problemas importantes se pueden abordar usando la buena voluntad, lo que nos ayuda a resolver los grandes retos que tenemos hoy: disfrutar de un planeta mejor, con menos desigualdades y más oportunidades para todos. Dentro de los vestigios que tenemos del orden de la civilización está el Código Hammurabi, dónde los traductores nos dicen que dice: “Anum y Enlil me designaron a mí, Hammurabi, príncipe piadoso, temeroso de mi dios, para que proclamase en el país el orden justo, para destruir al malvado y al perverso, para evitar que el fuerte oprima al débil, para que, como hace Shamash, Señor del Sol, me alce sobre los hombres, ilumine el país y asegure el bienestar de la gente”. Vea usted como desde hace miles de años ya se buscaba el orden y la justicia. Ojalá hoy en día, los que juran para cargos públicos dijeran e hicieran lo mismo. Y ojalá y los ciudadanos fuéramos tan ejemplares como exigimos que sean nuestros gobernantes. Otro ejemplo nos lo da Hipócrates, cuando escribe “Primum non nocere” (Ante todo no hacer daño). El “no dañar” debería de formar parte de la ética esencial de la gente. ¿Por qué no procurar el concepto de “ante todo no dañar” a los que nos sirven en nuestros tres órdenes de gobierno? Con ética, disminuyen la falta de transparencia y de la rendición de cuentas, aumenta la convivencia social, la impartición de justicia, el respeto y la tolerancia. El ejercicio del poder debería de tener como primicia “ante todo, no hacer daño” y esa supervisión corresponde al buen ciudadano. Cuando una sociedad tiene malos ciudadanos es cuando refleja su deficiencia en sus gobiernos. Y luego, los ciudadanos, que crean y elijen sus malos gobiernos, se quejan de ellos sin tener una efectiva participación ciudadana. La ética contribuye a eliminar la opacidad, la corrupción y la ilegalidad. Si los líderes políticos hicieran realmente lo que tienen que hacer, se tendría un sistema que velara por el bienestar general de la población. La élite política no puede gobernar sin tomar en cuenta a la sociedad civil, so pena de debilitar su legitimidad. No se puede gobernar sin pensar en el bienestar de la población, ni tampoco en contra de la voluntad general. Es elemental la verdadera participación política de los “sin poder” para que puedan incidir en las decisiones y las políticas públicas. El problema mayor es cuando los ciudadanos somos indiferentes y no participamos en las actividades de gobierno. Se necesitan propuestas claras, objetivas, realistas. Pero también liderazgo. Hay que darle sentido a la política y a la realidad del país optando por las acciones acertadas para resolver los grandes y graves problemas. El quehacer político tiene que construir el bienestar y la justicia, para situarnos de cara al futuro con eficiencia y responsabilidad social. Para ello, tenemos que actuar más “todos”, gobierno y ciudadanos. * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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