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Columnas Ser confiable

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

Como siempre, al principio de cada nueva campaña electoral o, como ahora, cuando los acelerados se desbordan por ansias y ambiciones, procuro analizar a cada candidato que para un servidor vale la pena, y su plataforma política (si es que la tienen). Para las elecciones en Baja California en 2019, ya asomaron la cabeza varios y ya comencé a localizarlos. Unos ya me respondieron, otros no lo harán. Otros ya incluso los vi. A otros ni caso tiene. Y a otros los ando o sigo buscando sin suerte hasta ahora. Con las puras maneras de las respuestas o la falta de ellas, ya se puede tener un concepto de la clase de persona que se trata. Y todo con un solo fin, ver qué tan confiables son y en base a qué méritos osan proponerse o aceptan una candidatura. Yo sé que no son concursos de simpatía y amabilidad, pero esos conceptos valen mucho. Sabemos que siempre habrá gente que desea servir, gente que desea servirse y muchos oportunistas. Ser confiable es una de las virtudes más importantes que estos pretendientes pueden tener, ya que así muestran ser leales, sin dobles discursos, honestos y de buena disposición. Una persona confiable es quien mantiene su palabra y no cambia de opinión por conveniencia. Ser confiable también implica ser fiel a las convicciones. Confiable es quien muestra una línea de conducta y de pensamiento que permite que los demás se acerquen con seguridad; que demuestra congruencia entre sus hechos y sus palabras. Ser confiable implica respetar normas, cumplir promesas y decir la verdad. Es también ser responsable, ser “digno de confianza”, ser auténtico. Ser honesto, ser directo siempre con lo que se piensa y se siente. El confiable es imparcial y sabe escuchar, es congruente. Es ser comprometido, tener una actitud positiva y una mentalidad abierta y propositiva. La gente mezquina siempre ha existido, por eso también se debe de pedir civilidad. La civilidad habla de cómo tratamos a los demás, es parte de tener ética. Debemos ver a los demás como un fin, no como un medio. Cuando participamos en actos de civilidad y gentileza, tanto la persona que la da como quien la recibe se benefician. La civilidad hace sociedad. Una persona de ley evita ser desagradable, insultar, lastimar, amenazar, bromear sarcásticamente, humillar, avergonzar, atacar hipócritamente. Los cretinos, por el contrario, muestran patrones persistentes de malas actitudes. Al final, la civilidad es un tema de educación, capacidad, carácter y temperamento. Ya que las personas desagradables son inevitables, hay que estar al pendiente de ellas, máxime si se nos quieren presentar como gente de bien y con todas las malas intenciones. Hay que evitarlos, desenmascararlos de ser necesario. Resumiendo, tenemos que exigir a cualquiera que se nos quiera presentar como candidato a representarnos, ser honesto, que no mienta, que no haga trampa ni robe. Que mantenga sus promesas y cumpla con sus compromisos. Que tenga el valor de ser y hacer lo correcto. Que no traicione la confianza que pide. * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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