Columnas El recuento de los desengaños

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

Aún se sigue teniendo mucho qué contar respecto a consecuencias, acciones y reacciones de las elecciones presidenciales. Unas sensibles, otras insensibles. Unas maduras, otras inmaduras. Unas centradas, otras inclinadas a intereses, según se haya ganado o perdido. Cuando un individuo se hace adulto, sus comportamientos infantiles desaparecen y supuestamente se vuelve maduro. Es el desarrollo humano. A medida que crecemos, nuestra forma de interpretar y manejar la vida cambia. La mayoría de las personas evolucionan con la capacidad de hacer frente a los factores emocionales. Como resultado, nos volvemos capaces de asumir responsabilidades. Uno de los primeros desengaños de este proceso electoral, fue ver personas incapaces de hacer frente al panorama que se fue presentando. Vimos con comentarios, posturas y hasta con ofensas y hostilidades, cómo algunos no tienen la capacidad de afrontar y superar los obstáculos. Son incapaces de hacer frente a adversidades. Son intolerantes a la frustración, como lo estamos viendo ahora con gente cuyos candidatos no obtuvieron lo que querían. Si observamos los comentarios en las charlas, cafés y redes sociales, vemos cómo la gente sensata, haya ganado o perdido, sigue su vida tranquilamente; y vemos también, cómo otros presentan rasgos emocionales diferentes. Muestran incapacidad para ver la realidad. A los perdedores los apabullaron y hay quien sigue disimulando lo acontecido, diciendo que sus partidos están más fuertes que nunca y que “juntos lograrán las metas”, cuando es obvio que están derrotados y no han logrado nada. Ahora si que con más claridad se ve que no entienden que no entienden. Otros, en cierto nivel de “pudientes”, están teniendo dificultad para adaptarse al resultado de las elecciones. No se sabe si no lo pueden creer o no lo quieren creer. Son personas que no han logrado adquirir las habilidades para manejar situaciones y responder a los problemas. No se están observando, ni valorando su conducta, ni reflexionando sobre su forma de ser o pensar. No entienden cuándo se equivocan, para corregir y madurar en consecuencia. Se dejan influenciar por opiniones ajenas. De aquí todas las mentiras, simulaciones, imprecisiones y “fake news” que circularon en las redes para desorientar a los “manejables”. Otros, no querían el cambio porque así estaban bien, dentro del “sistema” que les convenía. Cuando le va mal al inmaduro, culpa a cualquier cosa o persona externa de su desgracia. Asumir la culpabilidad le es difícil. Cuando maduramos, sabemos reconocer nuestros errores y buscamos la forma de solucionarlos. El inmaduro estalla con posturas inapropiadas. Y entonces surge la negación. La civilización de hoy destruye nuestro medio ambiente, nuestra cultura, personas y valores: la civilización está enferma y somos los culpables. Ahora andamos en cierta transformación (otros la llaman decadencia). Estamos en una era de negocios y propaganda donde todos los valores, incluyendo la vida, sucumben ante el dinero. No cae mal entonces un cambio. La madurez política nos invita a que aceptemos y ayudemos al desarrollo de México, haciendo a un lado nuestro ego e intereses particulares. ¡Maduremos social y políticamente! * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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