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Columnas Desde la Polis

Legalidad como esperanza

El pueblo puede aguantar muchas carencias, pero mantenerlo en un prolongadísimo estado de injusticia, nos puede llevar al caos absoluto.

Por Jesús M. Acuña Méndez

Hace nueve años comenzó en Hermosillo lo que hasta hoy constituye el primer esfuerzo ciudadano en México, donde una ONG diseñó y ejecutó política pública para el desarrollo humano y la seguridad, con recursos humanos y económicos propios.

Se intervino un polígono -10 mil habitantes- que por décadas estuvo sumido en la violencia, pobreza, delincuencia, marginación y olvido gubernamental. Este ejercicio duró seis años y alcanzó una reducción del 70% de la incidencia delictiva, sin respaldo del Gobierno.

Por ello, se convirtió en el único esquema de su tipo en el que se ha involucrado la Universidad de Harvard, para colaborar con gobiernos locales que requieran regenerar áreas críticas de sus respectivas regiones.


Como podrán imaginarse, al inicio de dicho esfuerzo fue prioridad saber por qué había estado tan enraizado el mal en ese lugar, por tantos años. Además de la poca métrica que ofrecían las instancias oficiales (como el Ayuntamiento o el Inegi), se tuvo que generar información propia, para un diagnóstico inicial.

Para ello se levantaron alrededor de mil censos, donde mediante un muy largo cuestionario, se obtuvo una muy clara imagen de la situación…  A partir de la óptica de los propios habitantes, que por generaciones vivieron en condiciones deplorables.

Recuerdo que una de las preguntas más importantes (“¿Cuál sería la acción que más ayudaría a mejorar la zona?”) encontró en la respuesta “pavimentarme la calle” una abrumadora mayoría. No nos sorprendió esa reacción, pues mientras el resto de Hermosillo se desarrollaba, no fue sino hasta el año 2013 que comenzaron a pavimentarse calles de una zona que era atravesada por una carretera internacional.


En dicha zona, la gente se acostumbró a convivir con una constante violencia intrafamiliar, con el robo, con el narcomenudeo, con los espacios públicos secuestrados por los malvivientes.

Lo normal se convirtió en lo normativo: Tenían pésimos servicios públicos, la Policía jamás entraba cuando era requerida, las escuelas tenían una infraestructura raquítica (eran vistas por los padres como depósitos para ir a tirar a los hijos) y por lo tanto el nivel educativo se encontraba en estado raquítico.

No existía una noción subyacente de dignidad colectiva y las condiciones de ese lugar representaban serias amenazas a los estándares mínimos de habitabilidad. Lamentablemente, cuando escenarios así se prolongan, la gente se malacostumbra y se adapta, como acción de resiliencia o de supervivencia.

Pero egresemos al censo: Ante ese concierto de problemas multifactoriales, los habitantes creían que la llave que rompería todos sus candados era la pavimentación. Vaya que estaban equivocados, pues los factores causales que mantenían en el hoyo a ese lugar, tenían sus orígenes en la hasta entonces inexistente posibilidad de que esas personas pudieran crear e incrementar sus capacidades como seres humanos.

No vivían mejor porque no tenían las herramientas humanas que crearan condiciones más alentadoras. Las múltiples trampas del subdesarrollo, que sufren decenas de miles de áreas urbanas en todo el País, tenían condenadas a las personas.


Rescato este episodio por el contraste de lo que percibimos como necesidad prioritaria versus lo que realmente necesitamos. En un parpadeo, tendremos una multiplicidad de candidatos a alcaldías y gubernatura, prometiendo cosas a diestra y siniestra.

Sospecho (y lamento, a priori) que la inmensa mayoría de ellos le dirá a los electores lo que éstos quieren escuchar, lo que éstos creen necesitar. Sobre todo por los efectos de la pandemia (que serán cíclicos), la gente quiere escuchar a un gobernante que le diga que creará empleos y que traerá inversión.

Ante el escenario tan desalentador que se asoma en el horizonte -económicamente hablando, por lo menos- un candidato cuyo discurso/propuesta central se vaya por ahí, estará dándonos atole con el dedo.

Se entiende que hay quienes irán a cualquier distancia para ganar la elección, sin medir lo inviable de sus propuestas, pero yo me pregunto, si no comenzamos -ahora- a ser más sensatos con la gente, ¿cuándo?


Desde el 2018, las condiciones institucionales y políticas en México llevan una ruta centralizadora y por lo tanto, hay apartados (sobre todo los económicos y presupuestales) donde los gobiernos locales tendrán muy poca chance de maniobra.

Sin dinero e inversión y con un aparato de educación pública en quiebra (si no preparamos a la gente, todo será fantasías), creo que lo único que puede darle sustento a un Gobierno es apostarle decididamente a demostrarle a la gente que hay un Estado de Derecho, que si alguien decide ir contra la ley, habrá un castigo.

El pueblo puede aguantar muchas carencias, pero mantenerlo en un prolongadísimo estado de injusticia, nos puede llevar al caos absoluto. Aquella opción política que se rodee y fortalezca con las personas y los instrumentos correctos para encaminar un Gobierno hacia una ruta como ésta, legitimará completamente su propuesta para gobernar.

Pero sólo podrá hacer esto, quien decida romper -realmente- con lo que por tanto tiempo nos ha perjudicado. Estemos atentos.

Twitter: @AcunaMendez
Correo electrónico: jesus@creamosmexico.org

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