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Columnas

Confiar en la desconfianza

El nivel de la percepción que los mexicanos tenemos de la inseguridad colectiva es muy alto y no mengua.

Por Jesús Canale

El nivel de la percepción que los mexicanos tenemos de la inseguridad colectiva es muy alto y no mengua. De hecho, el pasado mes de marzo el Inegi reportó que tres de cada cuatro mexicanos de 18 o más años de edad se sienten inseguros en la población en la que viven; se trata exactamente del 74.6%, un poco más aún que lo reportado tres meses antes. Cada vez escuchamos más los comentarios que aluden a la inseguridad en los hogares, requiriendo más y más mecanismos de protección: Candados, chapas fuertes, enrejados de ventanas, púas, picos, alarmas, luces encendidas, perros, etcétera. De igual manera es de plática habitual la condición de inseguridad en las carreteras, autobuses, tiendas y changarros, bancos y cajeros automáticos: El 70% de los mexicanos se sienten inseguros dentro de un banco y el cuatro de cada cinco temen un atraco mientras visitan un cajero automático. En nuestro Estado están en suspensión indefinida los paseos escolares a la sierra o las excursiones familiares atravesando ciertos caminos vecinales a menos que se trate de caravanas de familias; en el País prevalece la idea de que los elementos de seguridad son frecuentemente los malos, que si ves una patrulla o una unidad móvil militar puede ser un camuflaje. Los delitos electrónicos han logrado que las tarjetas de crédito se lleven escondidas en los calcetines o en regiones menos cómodas del cuerpo; igual los teléfonos celulares. En fin. Bueno. Seguridad es la cualidad de seguro y seguro se define formalmente como “exento de riesgo” de manera que la inseguridad es el nivel de exposición al riesgo que existe en una situación dada y, percibirse en riesgo habitual es algo que golpea muy fuerte a la calidad de vida y casi de manera automática hace surgir un estado de ánimo negativo e incómodo: La desconfianza. No confiar en alguien es cosa muy seria toda vez que la confianza significa la “esperanza firme que se tiene de alguien”; desconfiar de alguien supone necesariamente no tenerle fe, no creerle, no poder contar con él. El nivel de la percepción de la inseguridad en nuestro País incluye una o varias de las siguientes consideraciones: Se desconfía de alguien por diversas razones, por ejemplo, su incompetencia, sus habilidades insuficientes, su desconocimiento o ignorancia sobre algo, su ingenuidad, su falsedad (mentira, simulación, hipocresía), sus principios (mejor dicho su falta de principios), sus perversas intenciones, etcétera. Si preguntamos a quienes se perciben viviendo en un entorno inseguro nos dirán que, en mayor o menor grado, desconfían de los ciudadanos en general (“porque cualquier desconocido puede ser un delincuente”), igual de los medios (“siempre mienten, ocultan o exageran”), desconfían también de las autoridades, de las fuerzas del orden público, de la impartición de la justicia, de las ocultas intenciones de los políticos (“con frecuencia engañan, abusan o son incompetentes”), desconfían de los empresarios, de los líderes sindicales y hasta de cualquier llamada por teléfono, etcétera. La desconfianza como recurso de seguridad es nociva  porque entorpece el trato mutuo entre las personas, dificulta el agrado por conocer a otros y trabar amistades, amenaza la dinámica familiar especialmente de los padres con los adolescentes que se sienten restringidos y sobreprotegidos generando reacciones de alejamiento. La desconfianza será necesaria en situaciones concretas pero vivirla cotidianamente enferma el ánimo y dificulta la cercanía entre las personas convirtiendo los espacios colectivos en grupos fríos de individuos suspicaces que se miran como sospechosos entre sí. Se necesitará tiempo, ingenio, educación, entorno familiar y buena voluntad (que no ingenuidad) para volver a confiar en la confianza.

Médico cardiólogo por la UNAM.

Maestría en Bioética.

jesus.canale@gmail.com  

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