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Columnas

Banderazo electoral

Un asunto que reclama certidumbre son los protocolos sanitarios que tanto partidos en campaña como funcionarios de casilla en jornada electoral tendrán que acatar para salvaguardar la salud pública.

Por Mario Campa

Dos eventos marcaron la agenda política estatal la semana pasada: El banderazo de salida del ciclo electoral y la respuesta de la gobernadora Claudia Pavlovich a la presentación del paquete económico, particularmente en lo concerniente al Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (PPEF 2021). La marea empieza a agitarse.

El proceso electoral inició cargado de incertidumbres. Por un lado, los representantes de los partidos ante el Instituto Estatal Electoral (IEE) encabezados por el PRI manifestaron inconformidad por la implementación del criterio de paridad en la elección de diputados y diputadas plurinominales. Considerando la actual distribución de ocho hombres y cuatro mujeres, sería desafortunado que la presión partidista se impusiera y fuera desestimada la acción afirmativa en la conformación de la siguiente legislatura.

Otro asunto que reclama certidumbre son los protocolos sanitarios que tanto los partidos en campaña como los funcionarios de casilla en la jornada electoral tendrán que acatar para salvaguardar la salud pública. Está por verse cuántas personas podrán asistir a eventos cerrados y mítines abiertos, además de la capacitación que requerirán los vigilantes electorales en temas como el distanciamiento social o el uso de marcadores.

Pero sin duda la cereza del pastel fue el posicionamiento de la gobernadora Claudia Pavlovich sobre el PPEF 2021.

Frente a un declive del 4.5% en los ingresos participables estimados por el PPEF 2021 versus 2020 ante la caída esperada de los ingresos petroleros (-8.3%) y tributarios (-2.6%), era esperable que el gasto federalizado se ajustara correspondientemente, y así fue: Participaciones (-6.4%) y aportaciones (-1.1%), principalmente.

Encima ausentes las obras que tradicionalmente eran aprobadas tras bambalinas en San Lázaro, era predecible que la mandataria estatal politizara el tema en menos de lo que canta el gallo.

«Sonora no somos [sic] una sola obra, somos casi tres millones de habitantes». Esta figura retórica pone de relieve el giro copernicano del debate público y las legítimas resistencias de algunos actores políticos. Tan solo un par de legislaturas atrás, lo común era que las obras estatales dependieran del cabildeo y la negociación cupular legislativa, algo común mas no deseable en muchas democracias.

La ciencia política americana utiliza despectivamente el término pork barrel para referirse a la contribución presupuestal que los congresistas tienen a disposición para financiar proyectos de interés local, y que frecuentemente se utiliza para ganar votos. Es una práctica rechazada. Si cada uno de los 500 diputados y 128 senadores mexicanos pidiera un proyecto para su distrito o Estado, el insuflado gasto sería insostenible y la opacidad rampante.

La Gobernadora tiene cierta razón: Sonora es más que una obra. Sonora tendría que ser vanguardia en generación de ingreso propio, en inversión de transporte colectivo confiable y seguro, en contratación de nuevos policías estatales certificados o en la preservación de finanzas públicas sanas -todo ello a cargo del Gobierno estatal e injustificablemente desatendido.

Considerando que en 2021 habrá cerca de 450 mil hogares sonorenses beneficiarios de algún programa prioritario del Gobierno federal, la apuesta de la Gobernadora parece arriesgada. Acaso más de uno estará pensando: «¿Y qué ha hecho el Gobierno estatal por nosotros en estos cinco años?»

Soplan los vientos. Está por verse el rumbo que toman las olas.

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