Columnas 2 de octubre

Vía Libre

Por Alvaro Bracamonte Sierra

El 2 de octubre es un parteaguas en la vida pública nacional. Todo se contabiliza en antes y después de ese aciago día. El autoritarismo dominante en la larga noche del priato resistía el empuje de amplios sectores de la sociedad que reclamaban mayor democracia y desde luego una distribución más equitativa de la riqueza generada: La economía nacional crecía en un contexto de estabilidad, sin embargo el reparto de los frutos de la prosperidad se quedaba en manos de unos cuantos privilegiados. Los universitarios fueron la punta de lanza del reclamo democrático y la equidad social. La respuesta, como todo mundo sabe, fue la represión en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. La demás es una historia contada en libros, artículos y películas varias. Sobre la responsabilidad del artero ataque a los manifestantes de aquel entonces no hay nada definitivo, aunque la mayoría coincide en que el ex presidente Echeverría Álvarez, entonces secretario de Gobernación, tuvo que ver directamente con el montaje del siniestro operativo. Pero, como decíamos, donde todos concuerdan es en la influencia determinante del 2 de octubre en la transformación social y política nacional. Sonora, pese a la lejanía, no estuvo ajena a ese momento histórico. De hecho, el movimiento de los Aguiluchos del 67 se considera como uno de los muchos precursores de la revuelta estudiantil del 68. Al analizar las demandas de los universitarios sonorenses se advierten muchas similitudes: Por ejemplo, los Aguiluchos demandaban democracia frente a un sistema que imponía candidatos en casi todos los puestos de elección; rechazaron en aquel año la imposición de Faustino Félix Serna ante las simpatías que despertaron otros aspirantes al Gobierno del Estado entre los que destacaba Fausto Acosta Romo. Los estudiantes de la Unison no consiguieron impedir la imposición, pero exhibieron la urgencia de una revisión profunda del centralismo asfixiante en la sui géneris democracia mexicana. En ese contexto, no es descabellado sostener que la revuelta estudiantil de la entidad fue un antecedente del 68 cuyos protagonistas, al igual que en el caso de Sonora, buscaban mayor democracia y más libertades ciudadanas. La represión y persecución libradas contra los líderes fueron de pronóstico reservado incubándose entre la juventud más inquieta la convicción de que los cambios sólo serían posibles mediante métodos violentos. El 68 dio pie al surgimiento de grupos guerrilleros dentro de las filas de universitarios desilusionados con el curso que tomaron los acontecimientos posteriores al 2 de octubre: En lugar de mayor apertura, el régimen respondió con el puño cerrado y con una guerra sucia que bañó de sangre el devenir político en prácticamente toda la década de los setenta. Sonora no escapó a esa espiral de violencia política. La Liga 23 de Septiembre, por ejemplo, mantuvo células en la entidad. Recuerdo que en los primeros años de mi vida universitaria circulaban de manera subrepticia panfletos firmados por grupos que actuaban en la clandestinidad. Nadie sabia quiénes los hacían pero todos sentían su presencia. Era su manera de intentar cambiar un régimen caduco y autoritario. Afortunadamente la situación mejoró con el tiempo y múltiples reformas electorales permitieron avances hacia la normalización de la vida democrática en el País y en la entidad. Fruto de esas luchas, se vive hoy un momento especialmente interesante en la vida pública local y nacional: El inédito y sorpresivo, por contundente, triunfo de partidos diferentes a los tradicionales el primero de julio cambió radicalmente el mapa electoral estatal. Los ganadores tienen la gran responsabilidad de colocarse a la altura del reclamo ciudadano sintetizado en el combate a los privilegios, dejar atrás el derroche y el saqueo del patrimonio de todos los sonorenses, reducir los altos salarios y remuneraciones que recibe la clase gobernante que se ha servido del poder para su beneficio personal. Honrar a los jóvenes del 68 a medio siglo de su sacrificio implica el cumplimiento escrupuloso del mandato de las urnas. Confiamos en que sí lo hagan.

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