Columnas

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, cuando te llevamos al Potrero por primera vez? Eras un cachorrito, tendrías apenas un par de meses de nacido. Te pusimos un tapete junto a nuestra cama y ahí te echaste a dormir. Sería la medianoche cuando se oyó el aullido lejano del coyote. Dormías profundamente, pero al punto abriste los ojos y te pusiste en pie. Erizado el pelo, tenso el cuerpecillo, amenazante la actitud, lanzaste unos ladridos infantiles que me habrían hecho reír de no haber sido porque me hicieron pensar. ¿Qué código atávico, qué instinto llevabas grabado en ti que te hacía ser lo mismo que fueron tus ancestros más remotos? La vida de todos tus antepasados se repetía en tu vida, todos los perros que en el mundo han sido volvían a estar en ti. Me dije que lo mismo sucede con nosotros los humanos. En cada hombre van todos los hombres. Somos lo que fueron quienes vivieron antes que nosotros. En cada ser están todos los seres. De todos venimos y hacia todos vamos. Todos somos todos. Todos somos todo. ¡Hasta mañana!

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