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Mirador

Hay en el cementerio de Ábrego una tumba. Cuando el aire se aquieta pueden oírse en ella estas palabras: “Fui una mujer. Una más entre muchas mujeres. Pero procuré vivir vida buena, para ser bien recordada. Tuve hijos; tuve nietos; y luego mis nietos también tuvieron hijos. Alcancé a verlos todavía. “En ellos vivo ahora. Soy en ellos. Esta niñita tiene el mismo color de mi cabello... Este niño tiene la frente como yo... No lo saben, pero me llevan a donde van. Estoy en mis hijos, y en los hijos de mis hijos. En ellos y en los hijos de ellos, estaré por todas las generaciones. “El cura hablaba siempre de la vida eterna. Yo no entendía sus palabras. Ahora sé que hay vida eterna. Pero no es aquélla de la que hablaba él. Es ésta de la que hablo yo”. Así dice esa tumba del Potrero de Ábrego. Su voz no es voz de muerte. Es voz de vida. De eterna vida. ¡Hasta mañana!...

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