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Columnas Hacer historia, hoy

Desde la Polis

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En el año 2010 escribí en un ensayo académico, que México se encontraba en un momento extraordinariamente especial, y esas condiciones se mantienen: Tenemos una demografía históricamente joven (promedio oscilando los 30 años de edad), existe la bendita posibilidad inmediata de tener múltiples fuentes de información gracias al Internet (vs. tener a Jacobo Zabludovsky diciéndonos cuál es la “verdad” de lo que va aconteciendo), existe -gracias a la tecnología- la capacidad para organizarnos y conectarnos en tiempo real sin importar la distancia, etc. Dicen que cada generación tiene su oportunidad y creo que eso bien podría ser cierto, pero no soy fan de la idea de que nuestro País debe conocer los cambios con el tortuguista paso gradual que ha mostrado en el último medio siglo. Las generaciones anteriores a la mía -tengo 35 años- dejaron pasar oportunidades que nos explican el estado actual. Pero ninguna otra ha tenido elementos tan presentes, simultáneos y significativos como los que tiene la actual: Juventud, información y posibilidad de organización. Hoy, como cuando escribí aquel texto, estoy convencido de que es esta la generación de la cual hablarán los historiadores dentro de un cuarto de siglo. Pero -por más optimista que sea- no puedo adivinar cuál es el lugar que ocuparemos: ¿Seremos aquella que finalmente cumplió el esperado sueño de convertirnos en una patria desarrollada, humana y justa… o seremos claramente ubicados como la que -teniendo lo que nunca antes se tuvo- perdió la oportunidad? Es importante tener claro el contexto que he descrito, pues aunque pareciera contrastar con lo que a continuación describiré, hay esperanza. Somos, pues, un País de jóvenes… pero votamos por un Gobierno nacional que será encabezado por sexagenarios. La próxima administración -mostrando una clarividencia que podría espantar a los historiadores de profesión- se ha autodenominado la de la cuarta transformación; ponerse a la par de la Independencia, la Reforma y la Revolución, sin haber empezado a gobernar, muestra -por lo menos- mucha confianza. ¿Y en qué consiste dicha transformación? Según su líder, es la separación entre el capital (“la mafia en el poder”) y el Estado. Me gusta, pero a eso yo precisaría: El poder y el dinero de dicha mafia (tanto la que se mueve en helipuertos y restaurantes de Polanco, como la de Badiraguato) es una consecuencia de la corrupción. Esa maldita enfermedad contaminó nuestro sistema educativo, de salud, pensiones, infraestructura, el aparato judicial… y es un mal que nos tiene como uno de los países más inseguros, uno donde -como decía José Alfredo- la vida no vale nada. Hoy, la más visible consecuencia de la corrupción es la inseguridad. Repito: Es una consecuencia. Ejemplo: Este miércoles se metieron a robar por tercera vez -en año y medio- a mi despacho porque los delincuentes saben (muertos de la risa) que la Policía no sirve y que si los agarran, los sueltan. La corrupción y la impunidad son hermanas y no puede haber seguridad cuando ambas están presentes. Analicemos también, el capital de los hombres más ricos de México: Privatizaciones de recursos naturales, vías de comunicación y telecomunicaciones. En cualquier País con un Estado de Derecho no-risible, esos “regalos” jamás se hubieran dado a esas personas y de esa manera. Tampoco es coincidencia que haya políticos increíblemente ricos pues son ellos quienes reparten las rebanadas del pastel, las concesiones, las salvaciones del Fobaproa, de las plazas con el narco, etc. Frente a ese escenario, donde la mafia política se ha venido fortaleciendo exponencialmente, este nuevo Gobierno debe tener dos objetivos centrales. Por un lado, revertir la dinámica de complicidad financiera entre los políticos, el crimen organizado y el empresariado mafioso. Este tridente engarzado existe con una solidez insólita desde hace tiempo y hoy mantienen al País en jaque. Pero para que esta “trenza” pueda desenredarse, necesariamente deberá existir una limpia bárbara en el Poder Judicial y en las fiscalías estatales, ambos cuerpos actualmente llenos de mugre. Por otro lado, en materia de seguridad, tiene el nuevo Gobierno una oportunidad de oro, que puede realmente convertir este proceso en uno histórico: Con un País donde hay millones de jóvenes con un futuro incierto y con muchos que no estudian y no trabajan, debe de detonarse un proceso de involucramiento ciudadano que funja como control social para comenzar -bajo la óptica de la corresponsabilidad política- a ser las manos y el rostro de un proceso de pacificación nacional, donde se atiendan las zonas más vulnerables, se creen capacidades y haya avenidas donde el destino no esté en manos de politiquillos ineptos y arribistas, sino en las de una ciudadanía que por primera vez podría ser la protagonista de su propia regeneración. Esto es algo realmente posible, y tengo fe en que esos hombres y mujeres de cabelleras plateadas que elegimos, comprendan su rol histórico. Si entienden que no son ellos la generación del cambio, sino la que potenciará que ésta florezca, sentarán los cimientos para esa tan anhelada transformación.

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