Columnas Un mensaje enriquecedor

De Política y Cosas Peores

Por Catón .

Los científicos han descubierto que hay una relación directa entre las bubis de la mujer y el cerebro. Pero no el cerebro de la mujer, sino el del hombre. Mientras más grandes son las bubis femeninas, más se achica el cerebro masculino... Don Crésido Moneto, magnate empresarial, hombre riquísimo, tenía una hija de nombre Gwendolyna. La muchacha se enamoró de Leovigildo, joven sin fortuna, y anunció su decisión de casarse él. Días después el potentado y su esposa, bellísima mujer, invitaron al novio a cenar en su casa. Terminada la cena don Crésido le dijo a Leovigildo: “Gwendolyna y yo vamos a salir, pues olvidé un papel en la oficina y sólo ella sabe dónde está. Tardaremos una media hora”. En efecto, salieron los dos, y dejaron al pretendiente a solas con su futura suegra. Al instante la hermosa dama le echó los brazos al cuello al sorprendido joven y le dijo: “Desde que te vi me gustaste mucho. Sé que te vas a casar con mi hija, pero no quiero dejar pasar esta oportunidad sin hacer el amor contigo”. El muchacho se deshizo apresuradamente del abrazo y salió corriendo de la casa. Cuál no sería su sorpresa al ver en el jardín a su novia y a don Crésido. Le dijo el ricachón abrazándolo cariñosamente: “¡Felicidades, Leovigildo! Has superado la prueba que te pusimos. Mi esposa y yo dudábamos de ti, y quisimos someterte a una fuerte tentación. Huiste de ella, con lo cual has demostrado tu calidad moral. ¡Puedes casarte con mi hija!”. Se casaron, en efecto. Leovigildo jamás le contó a nadie que salió corriendo de la casa porque en su coche había dejado su paquetito de preservativos... A principios de este mes tuve el honor de recibir una presea en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Me la otorgó el Consejo Nacional para la Enseñanza e Investigación de las Ciencias de la Comunicación. Con tal motivo hube de hacer uso de la palabra —de varias, a decir verdad— ante un numerosísimo auditorio formado principalmente por maestros y estudiantes de comunicación de todo el País. Días después me llegó este mensaje: “Don Armando: Me llamo Pablo Argüelles y soy de Puebla. A mis 21 años jamás me había sentido tan emocionado por las palabras de alguien. He escuchado a muchos conferencistas y maestros, a muchas personas importantes para mí que a lo largo del camino me han hablado al corazón, y puedo decirle que ninguno ha marcado mi vida tanto como usted hizo el pasado jueves en la UANL en Monterrey. Ahí estaba yo, de pie, escuchándolo embobado, oyendo las palabras de aquél a quien mi padre leía todos los domingos en Reforma. Muchos recuerdos vinieron a mi mente. Habría usted podido seguir hablando durante horas, y a mí no me habría importado quedarme ahí, de pie, toda la noche. Le agradezco mucho que involuntariamente haya sido mi inspiración para saber qué es lo que quería de mi vida, pero mayores gracias le doy porque todos los días nos contagia del querer hacer las cosas por amor y con pasión. Crecí leyendo sus columnas. Para mí fue una experiencia padrísima haber podido conocerlo. Le mando un abrazo muy fuerte”. Toda una vida de escritor, queridos cuatro lectores míos, vale la pena a cambio de recibir un solo mensaje como ese con el que Pablo enriqueció mi vida. Le doy las gracias, y gracias también les doy a quienes pusieron en mis manos aquella valiosísima presea: Jorge Alberto Hidalgo Toledo, presidente nacional del Coneicc; Lucinda Sepúlveda García, directora del plantel nuevoleonés donde la ceremonia se efectuó; Carmen Catalina Tijerina Rendón, directora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila, prestigiada institución que tuve el privilegio de fundar hace una treintena de años ya, y en la cual profesé cátedra hasta mi jubilación; Zoyla Hernández Blanco, maestra de esa Facultad y representante del Coneicc, y José Luis Esquivel querido amigo, quien hizo mi presentación. Un profundo agradecimiento para ellos y para los alumnos y maestros que con tanta bondad me escucharon, y que luego me tuvieron consigo un par de horas para que les firmara autógrafos y libros, o para tomarse conmigo una fotografía. Y, otra vez, llegue mi gratitud a Puebla para Pablo Argüelles, cuya generosa juventud me hizo sentir que la labor de cada día no es en vano. Gracias... FIN. Catón es Lic. en Derecho y en Lengua y Literatura Españolas/cronista de Saltillo.

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