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Mexicali

“Volvería a las Islas Marías, pero a vacacionar”, testimonio de un ex interno

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Por Saul D.Martinez

“Volvería a las Islas Marías, pero a vacacionar”, testimonio de un ex interno

“Volvería a las Islas Marías, pero a vacacionar”, testimonio de un ex interno

Se abrieron las puertas al mediodía. En el Centro de Reinserción Social Estatal “Venustiano Carranza” en Tepic, Nayarit, comenzó a correrse la voz de un traslado masivo de internos, aunque no sabían el destino al que serían llevados, ni cuántos serían.

Las posibilidades eran tres: Perote, en Veracruz, El Rincón, en Tepic o Islas Marías.

Uno a uno, comenzaron a llamar por el altavoz a los internos. Quienes serían trasladados, le entregaron sus llaves, dinero y pertenencias a Miguel, otro de los internos, quien casi al final, también fue llamado a reportarse para el traslado.

Todo lo dejó a otros compañeros y alistó las cosas para irse. Miguel no es su nombre real, pues para contar su historia, ha pedido como única condición el anonimato.

Hoy ha formado una familia en Mexicali, logró terminar una carrera y se encuentra trabajando en el área de la salud, luego de pagar su deuda con la sociedad por delitos contra la salud.

El 7 de agosto del 2011 le notificaron que sería trasladado a las Islas Marías. Junto con otro centenar de internos, salió del penal de Tepic, uno de los peores calificados a nivel nacional en Derechos Humanos y donde se decía que Edgar Veytia, ex fiscal de Nayarit, sentenciado por narcotráfico en Estados Unidos, ocultaba a sicarios o fabricaba delitos a personas a las que presionaba para ceder terrenos y propiedades a su nombre.

En camiones de la Policía Federal, llamados Rinos, fueron llevados al aeropuerto y subidos a un avión de esta corporación. Una hora después llegaron a Mazatlán, a una base de la Secretaría de Marina. Ahí abordaron la embarcación “Usumacinta” luego de ser revisados por médicos, ya entrada la tarde.

El barco zarpó de Mazatlán y navegó toda la noche por el Pacífico, con su barriga atestada de reclusos durmiendo en el suelo. Llegaron a las diez de la mañana a las costas de la Isla María Madre, la más grande del conjunto de las Islas Marías.

En total, el barco llevó a más de mil presos de todo el País. Con pangas, fueron llevando a los reclusos a Puerto Balleto, la “capital” de la isla y donde serían procesados a su ingreso. Luego, en camiones tipo “dompe”, los subieron por decenas y los llevaron al Campamento Morelos.

A todos les dieron uniformes color caquis, dos pares de zapatos y camisetas blancas, además de una gorra. A todos los “acomodaron” en lo que bien podrían ser una colonia con un centenar de casas parecidas a las que se construyen en los fraccionamientos de interés social.

La casa era de dos recámaras, contaba con sala y comedor y en ella eran acomodados hasta 12 internos. Era la ubicación J3. Tuvieron que adaptarse rápidamente a la dinámica, más estricta que la del penal estatal de Tepic. Desayuno a las cinco de la mañana, comida al mediodía y la cena a las cinco de la tarde.

El desayuno era un caldo de salchicha con chayote, la comida solía ser frijoles con pan o tortillas y para la cena era un pan con café o té, siempre sin azúcar. A esas mismas horas pasaban lista. Los internos debían responder con su nombre, cuando los custodios gritaban su apellido.

“La clave era mantenerse ocupado, no meterse en problemas, quienes no entendían eso, se les hacía eterno estar ahí”, recuerda Miguel. El Campamento Morelos no te nía muros, ni rejas. Los muros invisibles eran la disciplina, los castigos por alejarse más de 20 metros del perímetro del campamento y saberse indefensos en caso de huir, a menos que tuvieran la capacidad de nadar los 120 kilómetros que los separaban de las costas de Nayarit.

La colonia penal federal era un poblado de internos bien disciplinados. Los mejor tratados eran los que se dedicaban a la cocina. Por eso, Miguel se ofreció a formar parte de este grupo, donde descubrió que el verdadero menú del penal era uno mucho más digno del que servían.

Antes de pasar a ese grupo selecto, él y otros cientos de internos se dedicaban a la “melga”, que no era más que trabajo de mantenimiento, limpieza de caminos, albañilería. Era mano de obra cruda y sin paga. En medio de ese claustro, recibir una llamada, al menos una vez al mes, era como retomar energías.

“Agarrar pila, es como decíamos entre nosotros, porque aunque nos dejaban hablar sólo tres minutos, era como volver a la vida”, dice. También recuerda que dos internos no fueron localizados y que la toma de lista se hacía cada hora, sin que pudieran dormir. Ambos fueron encontrados a los dos días en la costa Norte de la isla, con una panga hecha de botellas de plástico con la que intentaron ir a otra isla.

El 7 de noviembre de 2011 se encontraba en la cocina, cuando por el altavoz le mandaron llamar a los juzgados, en Puerto Balleta. La única manera en que pudo llegar esa mañana fue caminando los casi 10 kilómetros que lo separaban del Campamento Morelos.

Llegó nervioso y emocionado. Semanas antes había solicitado la preliberación y sabía que podría haber respuesta a su petición. Una secretaria primero le dijo que no le habían mandado llamar.

Un hombre salió de la oficina y dijo lo contrario, que tenían la notificación de un juez. Tras recibir la noticia, corrió de vuelta al campamento por sus cosas. Podía irse y tenía dos opciones: esperar el transporte del próximo jueves o aprovechar la salida de una embarcación de la Marina de vuelta a Mazatlán que ese domingo había dejado víveres en la isla. Decidió correr.

Regresar al campamento y avisar a sus compañeros. Tomó sólo lo necesario, se despidió y corrió de regreso. Para las cinco de la tarde, había subido a la embarcación de la Marina, pero ahora sin los sinchos en las manos, sin restricciones. Su primera noche libre la pasó en cubierta, bajo las estrellas.



El lunes a las cuatro de la mañana, la embarcación se encontraba en las costas de Mazatlán. Luego de esperar el amanecer, llegó al embarcadero. “Nunca se me va a olvidar el día que salí del muelle y miré la camioneta, que venía mi papá y mi esposa”, recuerda. ¿Volverías a las Islas Marías? Le pregunto. “Sí”, me responde de manera inmediata. “A vacacionar, eh”, añade.

“Desde el campamento podíamos ver la playa, es muy bonita, pero nunca pudimos acercarnos. “Había un acantilado que nos separaba de ahí”.

Andrés Manuel López Obrador anunció desde el pasado 17 de febrero que esta colonia penitenciaria dejará de ser una cárcel y pasará a ser un centro educativo y cultural. Con esta iniciativa, se termina el propósito que desde 1905 les dio a las islas Porfirio Díaz. Personajes como José Revueltas, quien escribió

“Los muros de agua” durante su estancia como interno de la prisión, o películas como la dirigida por Emilio “El Indio” Fernández, estelarizada por Pedro Infante.

Miguel, luego de cumplir una sentencia de 3 años y 10 meses en prisión, los últimos meses en estas islas, jamás olvidará el día en que pisó tierra firme y volvió a ver a su familia. De materializarse la propuesta del Presidente de la República, piensa volver, ahora como hombre libre.
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