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Mexicali Año con año, la Iglesia de San José Obrero y un grupo de mujeres voluntarias, dedica un día para atender a migrantes y a indigentes en Mexicali

“Entren, santos peregrinos”, la celebración dedicada a los migrantes

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Por Saul D.Martinez

“Entren, santos peregrinos”, la celebración dedicada  a los migrantes

“Entren, santos peregrinos”, la celebración dedicada a los migrantes

“Ustedes están en un peregrinar, y ese peregrinar también significa que tienen que buscar la mejor versión de ustedes mismos”, dijo de manera poderosa el padre Álvaro Gutiérrez a los cientos de migrantes que se apersonaron en la Iglesia San José Obrero.

Llegaron poco a poco, algunos tímidos, otros con la confianza de quien llega a su casa.

Ingresaron a la misa y luego sabían que habría un banquete, que habría un respiro en su camino. Con mochila al hombro, una cobija bajo el brazo algunos otros, unos más con sólo lo que traían puesto, llegaron a la Iglesia que año con año lesabre las puertas, sin importar lengua, raza y sin preguntar los motivos por los que un hombre termina viviendo en las calles.

Luego de la infaltable misa, cerca de 250 migrantes e indigentes se arremolinaron en el patio de la iglesia, en las esquinas, en el suelo, en mesas, hombro con hombro.

Un ejército de voluntarias y miembros de la Iglesia les brindó el alimento, en una suerte de posada navideña.

El salón comedor de la Iglesia se convirtió en una cocina industrial, colmada del vapor de comida caliente y el olor del pavo, espagueti, ensalada, champurrado, refrescos, aguas y pasteles. El padre Juan Monroy Espinoza y una comitiva de ayudantes, sirven decenas y decenas de platos de comida.

Algunos no llegan a las mesas, pues muchos de los migrantes que están de pie, los toman por asalto. “¿Me da uno, madrecita?”, preguntan.

“Adelante, hijo, tómalo”. Algunos charlan entre sí mientras el Sol se va ocultando. Faltan unos días para Navidad y parece que han encontrado un punto de reunión, una fiesta de la cual hablar, una comida menos por la cual preocuparse.

Hombro a hombro, todos cenaron en los pasillos, en las mesas, de pie, donde se puede. Las voluntarias, mujeres de sonrisa amplia provenientes de varias partes de la ciudad, siguen despachando platos, pues algunosmigrantes tímidos llegaron ya empezada la fiesta.

Le pregunto al padre Juan sobre el número de platos servidos. “No sé pero sí son más de 200, yo creo que unos 250”, me respondió, con un rostro sonriente que también revela el orgullo de haber cumplido un año más.

El Sol termina de ocultarse y una piñata se alista. Uno pensaría que es una actividad destinada para niños, pero esta ocasión es diferente. Decenas de migrantes risueños hacen fila y con un gorro navideño se cubren los ojos para no ver cuando les toca golpearla.

Otro migrante, con un micrófono y una bocina amplificada dio instrucciones a las que nadie pone atención o nadie entendió, pues la bocina emitió un eco que dificultó entender su voz.

De cualquier manera, todos pasaron a golpear la piñata, todos gritaron y rieron, como pocos días, tal vez. Al final son dos estrellas las que rompieron y que dispersaron decenas de dulces. Todos los que estaban cerca de la escena se apiñaron y apretujaron para llevarse la mayor cantidad de dulces.

Los picos de la estrella sirvieron para guardarlos, mientras que otros los usaron como gorros. Para cuando la noche fue inminente, una fila para salir comenzó a formarse en la Iglesia. Todos recibieron una bendición y una cobija para aminorar el frío.

Los pasillos de la parroquia se fueron quedando solos y las mesas vacías. En la cocina, las mujeres se dieron un segundo para comer. Rieron y se vieron entre sí orgullosas.

Muchas de ellas no se conocen, como tampoco los migrantes e indigentes que atendieron esa noche.

Saben que cumplieron con una misión. Por una noche, en una posada, todos fueron una familia.
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