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Mexicali

#CrónicasdelCentro presenta Lonchería Ahualulco; la nostalgia con la sazón de la abuela

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Por Saul D.Martinez

#CrónicasdelCentro presenta Lonchería Ahualulco; la nostalgia con la sazón de la abuela

#CrónicasdelCentro presenta Lonchería Ahualulco; la nostalgia con la sazón de la abuela

Es mediodía y el sol allá afuera es mordaz y la humedad sofocante secunda las ganas de correr a guarecerse en una sombra o cualquier lugar fresco. Entramos a la lonchería Ahualulco y extrañamente, el primer antojo es el de un caldo de res, calientito.



De haber mesa, la atención es inmediata. Por ser hora de la comida, suele verse a muchos trabajadores, maestros, familias, no hay distingo de clase social. Todos atienden una necesidad básica, la de comer, con el agregado de la nostalgia.

“¿Agua de jamaica o de cebada?”, pregunta don Rafa. Raudo y ligero camina por toda la lonchería, saludando, tomando órdenes, sirviendo o recogiendo platos vacíos. Tiene un sentido del humor que no caduca y que es una constante con cada visita al Ahualulco.



Apenas toma la orden, en la mesa aparece un taco de frijoles refritos en una tortilla de harina recién hecha. También, si lo solicitan, y es recomendable que lo hagan, aparece un consomé, solo para ir abriendo el apetito.

Por las cortinas plásticas que separan la cocina del mostrador apenas se asoman unas mujeres que dejan los platillos solicitados. Don Rafa o Richy los entregan en una de las doce mesas cubiertas con manteles floreados de vinyl.

La dinámica se repite de lunes a sábado, en esta lonchería enclavada sobre la calle Hidalgo, entre Morelos y Aldama, en la zona periférica del mercado Braulio Maldonado, dentro del polígono del Centro Histórico de Mexicali.

Este negocio familiar, abierto desde septiembre de 1960, está a punto de cumplir sus primeros 58 años de existencia, en los que se ha ganado el corazón y las barrigas de muchos mexicalenses.



Los Alcega García llegaron a Mexicali desde 1950, forjando su destino como otros cientos de jaliscienses. Entre oficios y trabajos sobrevivieron unos años, hasta que se decidieron aprovechar el talento culinario de la familia, especialmente el de la abuela.

Desde Jalisco

Ahualulco de Mercado es un municipio ubicado al oriente de Jalisco, colindante con el de Tequila. De ahí, hace 68 años, partió una familia hacía la frontera norte, donde se decía que la prosperidad era copiosa si había determinación.

Con tres niños, los Alcega García llegaron a Mexicali y realizaron diversos oficios y trabajos para sobrevivir, sobre todo en la zona que hoy consideramos el Centro Histórico de la ciudad, que para aquellos años era el epicentro de la vida en la capital del estado.

Entre 1957 o 1958, no hay precisión, doña Marina García comenzó a vender su comida en una pequeña lonchería levantada en madera y rodeada de unas banquitas de tablón. Ahí vendía comida corrida, tamales y café.

Con la prosperidad del negocio, en septiembre de 1960, rentaron el local que hoy atienden los nietos y bisnietos de doña Marina. Con su muerte, unos años después, su hija María, continuó en la cocina de la lonchería. Pasaron tres años cuando ella también falleció.

Hoy, doña Esperanza Avilla Alcega, es quien dirige la lonchería, pero se dice lista para ceder la batuta. A pesar de todo, la sazón ha sobrevivido y las recetas se han mantenido firmes desde hace más de medio siglo.

Como en casa

En una mesa junto a un ventanal, María y Tomás comparten la comida. “Aquí fue la primera vez que me trajo a comer, fue como nuestra primera cita”, me dice ella. “Yo no conocía el lugar, y desde entonces venimos al menos una vez a la semana o a la quincena”.

Como ellos, otras decenas de comensales, varios de ellos clientes de muchos años atrás, siguen volviendo por tres poderosas razones: la atención, la sazón y la nostalgia. “Es como ir a comer con la abuela o con la mamá”, agrega María, mientras degusta las últimas cucharadas de su caldo.

La impronta grabada de las comidas familiares se repite en el Ahualulco, todas las tardes. La morriña por la tierra lejana o simplemente por las mujeres que ya no están en nuestras vidas, le dan ese sabor a nostalgia a cada platillo de esta lonchería.

Desde el recibimiento hasta la despedida es como una visita a la casa familiar. Al término de cada platillo, un postre alcahuete, casi siempre una gelatina, forma parte de la experiencia melancólica. Aquí también los vasos de mole tienen un segundo uso en la vajilla.



El ambiente de plática se rompe por los acordes de “Que me lleve el Diablo”, de Cuco Sánchez. Un longevo guitarrista se esfuerza por requintear la canción, mientras algunos clientes que salen le dan algunas monedas al reconocer su esfuerzo.

En la cocina, el golpeteo monótono de un rodillo de madera indica que otra tanda de tortillas de harina está por salir. Los últimos caldos de res, los preferidos del lugar, salen uno a uno por las cortinas plásticas de la puerta de la cocina.

Unas luces titilan alrededor de uno de las imágenes de la virgen de Guadalupe donde tiene inscrito el nombre del negocio que la abuela les heredó. Es una de las imágenes más significativas para ellos, al igual que el retrato de doña María, cuyo semblante parece el de una abuela magnánima y noble que vigila, desde esa pared, a su familia y los clientes.

Que siga el Ahualulco

Doña Esperanza, o doña Pera, como le conocen sus amigos, es una mujer de un modo amable cuya voz viene cargada de condescendencia y cariño. Desde hace unos días, un problema de salud la mantiene fuera de la atención del negocio, pero promete regresar.

Tiene 70 años de edad y sonriendo me dice que está lista para “irse de minera”. Es su manera de broma de decir que está lista para irse bajo tierra. La receta ya la ha pasado a las cocineras y nietos que hoy le ayudan a sacar adelante el negocio.

Con perseverancia y tesón, la familia de doña Pera ha llevado a buen puerto la lonchería bautizada como su pueblo natal. Al Centro Histórico le guarda un especial aprecio pues es dónde comenzó todo. Aquí llegaron y quemaron las naves.

Aunque poco le incomoda que la gente juzgue las condiciones actuales de la zona Centro, no le es indiferente. Ella sabe que están en un mercado que sigue dando vida a la ciudad. “El barrio es el barrio”, dice.

A pesar de que el local es rentado de toda la vida, hace unos años compraron otro ubicado sobre la misma calle, para que, si son sacados de donde se encuentran actualmente, se muden al propio. “Y que siga el Ahualulco”, expresa doña Pera en un tono vernáculo jalisciense.

Lo cierto es que, indistintamente a donde se cambien, se llevarán la atención y la exquisitez de sus platillos caseros que atinan justo en la nostalgia.

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