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Mexicali

#CrónicasdelCentro Presenta: El semillero de dos culturas, la escuela comunitaria china

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Por Saul D.Martinez

#CrónicasdelCentro Presenta: El semillero de dos culturas, la escuela comunitaria china

#CrónicasdelCentro Presenta: El semillero de dos culturas, la escuela comunitaria china

El reloj está a punto de marcar las nueve de la mañana. Sobre la avenida Juárez, algunos vehículos comienzan a detenerse. Las puertas corredizas de una vagoneta familiar se abren y de ella bajan dos niños de no más de diez años de edad que corren a la banqueta para que el auto de sus padres avance, pues algunos automovilistas comienzan a usar el claxon.

Ambos saludan a Cristina Cheng, la subdirectora de la escuela. Esquivan los escombros que alguna vez fueron las paredes de la tienda La Campana y atraviesan el portón con caracteres en chino. Ambos llevan a sus espaldas mochilas verdes con la leyenda de un partido político mexicano. La puerta está resguardada por un par de leones de Fu y frisos con decenas de anuncios en chino.



Decenas de niños corren por el largo pasillo y llegan a las escaleras que dan al auditorio. Uno de ellos lleva una camiseta del América. Suena el timbre, las puertas se cierran y todos los niños suben al segundo piso. Inundan el auditorio, formando filas por grupos. La subdirectora hace un anuncio en cantonés y enciende una bocina portátil.

Una base rítmica comienza a sonar acompañada de una voz que dicta la rutina de ejercicios, de la cual entiendo, literalmente, nada. Los niños y adolescentes comienzan sus ejercicios matutinos con una disciplina normalizada. El tempo de la grabación va aumentando y todos comienzan a acelerar sus movimientos. En el clímax, la grabación se detienen y los niños descansan.

Fila por fila, son llevados todos a sus salones cuyas ventanas dan a la calle Altamirano. Poco a poco, abandonan el auditorio, cuyo escenario encarna la estampa de la propaganda política china, con su bandera, la Gran Muralla y el tren bala de alta velocidad, ícono de la modernidad del país asiático.

Como cada fin de semana, así inician las clases en la escuela comunitaria de la Asociación China de Mexicali, una de las más viejas y místicas en el Centro Histórico de la ciudad, en la que se creía que solo podían ingresar familiares directos de la comunidad china de la región, hasta hoy.



Lecciones de Historia

Establecidos en grupos familiares, la mayoría de ellos provenientes de Cantón, los chinos comenzaron a formar pequeñas agrupaciones basadas en el apellido. El crecimiento de su población en Mexicali a principios del siglo pasado llegó al grado de ser una aplastante mayoría contra los propios mexicanos.

Primero trabajando en el campo, luego orillados al comercio por la crisis mundial que afectó la agricultura, la organización de los chinos se materializó con la fundación de la Asociación China de Mexicali, un 28 de octubre de 1918. En ella se agruparon las poco más de veinte familias más numerosas de entonces y cuyos apellidos perduran hasta el día de hoy en la ciudad.

Desde entonces, su sede se estableció en la esquina de Juárez y Altamirano, donde hoy se erige un edificio de tres plantas que desde el pasado 1 de octubre ondean altivamente en su azotea la bandera china y la mexicana, desde el festejo de la fundación de la Madre Patria.



Wong Wah Foy, Woong Fook Yee y Tam Yoe Pon, encabezaron la primera mesa directiva de una asociación que se convirtió con el paso del tiempo en una suerte de cofradía mística, enigmática y, a ojos de algunos, en ocasiones sectaria.

Su disciplina financiera les permitió sobrevivir los embates económicos, incursionaron a otros tipos de negocios y se enfocaron a ayudar a sus connacionales que llegaban año con año a Mexicali, una ciudad de la que se hablaba con frecuencia en Asia como una ciudad próspera y llena de oportunidades.

El Xiau Guangdong

Dentro de la ciudad, encontraron al primer cuadro, hoy conocido como Centro Histórico, como un fastuoso sitio para establecer negocios. A Mexicali lo bautizaron como el Pequeño Cantón, o Xiau Guangdong. En esta tierra ajena, rescataron su cultura, tradición y lengua, a través de una escuela comunitaria.

A partir de 1921 se iniciaron las clases, encabezadas por Zhou Ruchao. Primero en las instalaciones de la Iglesia Metodista, años después en el edificio de la asociación, con maestros voluntarios. La misión era el rescate y reconexión con la Madre Patria, entonces un imperio decadente.

El rol del maestro es muy respetado y venerado en la cultura china, dice la subdirectora Cristina Cheng, quien junto con su esposo llegó a Mexicali en el 2004 y administran un restaurante de comida china, pero su trabajo en la asociación es honorario.

Lo que antes fueron migraciones necesarias para salir de China, hoy son migraciones por la creciente demanda de la industria restaurantera o para los negocios que con el tiempo, la comunidad asiática supo establecer en este terruño.



Chino Cachanilla

Suena un timbre y los salones se quedan vacíos. Por el pasillo y el auditorio, algunos niños corren, se persiguen, ríen frente a la pantalla de un celular o se juntan en grupos a platicar en voz baja.

En la planta baja, frente al mural pintado por el maestro Gerardo Auyón, un grupo de preadolescentes practica una danza de abanicos y repite en la bocina una y otra vez la canción que no pueden perfeccionar.

Rodeados de niños con rasgos asiáticos, mi compañero y yo ignoramos si nos entenderían en caso de que decidamos platicar con ellos. Pronto nos sentimos como unos bobos al escuchar que casi todos hablan español. Algunos con palabras que figuran en el argot de cualquier norteño.

El dominio de los dos idiomas los convierte a estos niños en el enlace perfecto para la práctica del inglés conversacional que aprovechan no pocos mexicanos para aprender el idioma, a través de las clases que se llevan a cabo en la biblioteca de la escuela.

Estas dinámicas se vuelven cada vez más comunes. Incluso, hay un encuentro programado en noviembre de grupos de chinos y mexicanos que aprenden chino y español. A través de este encuentro, pondrán en práctica lo aprendido entre los dos bandos que dominan su lenguaje.

Justo al mediodía, un timbre suena. La ola de niños desciende por las escaleras y uno a uno, son recogidos por sus padres que los esperan en sus camionetas sobre la calle Juárez, mientras que el sonido de los cláxones vuelve a aparecer.



Cambio de rostro

Los tiempos han cambiado, afirma Esteban León, director de la Escuela Comunitaria. Aunque les ha tomado años, muchos miembros de la comunidad china se han ido integrando a la dinámica del mexicalense.

Las migraciones se detuvieron cuando la economía comenzó a detonar nuevamente en China. Muchos de los que se quedaron, ya tienen hijos aquí y la interacción con los mexicanos fue más necesaria. Sí, fueron apartados, pero ya no se puede en las condiciones actuales, afirma León.

Ahora sus niños se vuelven más cachanillas, se integran con otros niños mexicanos y participan en lo propiamente regional. Por ello, la importancia de la Escuela Comunitaria cobra una nueva relevancia. También por eso sus clases son en fin de semana, para no interferir con su rutina local.

A través de la enseñanza en este núcleo buscan reconectarlos con sus raíces, con los chinos que llegaron antes que sus padres o sus abuelos, con sus festividades más importantes, el día de la fundación de China, el Año Nuevo Chino y el Día de Muertos, que ellos festejan en abril.

La escuela tiene actualmente a 135 alumnos de educación básica y otros 70, aproximadamente, en cursos de danza artística, danza del dragón y de artes marciales. Los festejos programados para el 2019 se han propuesto para romper la barrera y el concepto de la comunidad china como un grupo sectario, alejado de los mexicalenses, asegura León.

La escuela comunitaria de la Asociación China de Mexicali refuerza su conversión a un semillero de una cultura híbrida, ni completamente china, ni enteramente mexicana, sino en la tesis de una sociedad que ha sabido prosperar pese a las adversidades, en las áridas tierras del mezquite y la cachanilla, en las áridas tierras que han aprendido a llamar hogar.
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