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Mexicali

#CrónicasdelCentro Presenta: Doña Irma, la “abuelita” del Centro Histórico de Mexicali

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Por Saul D.Martinez

#CrónicasdelCentro Presenta: Doña Irma, la “abuelita” del Centro Histórico de Mexicali

#CrónicasdelCentro Presenta: Doña Irma, la “abuelita” del Centro Histórico de Mexicali



Con una paciencia propia, desliza una navaja de un filo sobre una penca de nopal. En cuestión de minutos, logra terminar de retirarle las espinas a una caja entera, intercalado con el despacho de litros de agua fresca a los viandantes.

Probablemente sean los últimos días de calor y debe aprovechar para salir a vender. Todos los días, desde las seis de la mañana, comienza su jornada detrás de una pulcra carreta, pero como ocurre hoy, también prepara bolsas de nopales picados para vender.

Doña Irma Pineda Hernández tiene 85 años y tiene una voluntad que supera su capacidad física. Llegó hace medio siglo a Mexicali y va por sus cuatro décadas trabajando en el Centro Histórico de Mexicali.

Cadenciosa, inquieta, afanosa. Así es doña Irma, mujer originaria de Acapulco pero cachanilla por adopción, y ahora una enamorada de esta zona de la ciudad, que le dio la oportunidad de encontrar una nueva vida.

Bajo esos relajados párpados, sus ojos vidriosos guardan anécdotas migrantes, ejemplos de superación, perseverancia y de una fe irrebatible.

Su carácter le ha ganado que muchos de sus clientes le llamen “nana” o “abuelita”.



Renacer en tierra ajena

Casada con un pescador en Acapulco, doña Irma tuvo cinco hijos, quienes hoy están casados y tienen sus hijos, casi todos ellos en Guerrero.

Por muchos años se dedicó a cocinar, a vender quesos, mantequilla o comida. Bajo una vida modesta, se pudo hacer de su casa, un terreno y dar una vida decente a sus hijos, alejada de su marido, un hombre acostumbrado a la violencia física en su casa.

Su vista se ausenta del mundo cuando recuerda su casa, limpia, en un cerro desde el cual podía ver el mar. Pero un día, su esposo quiso regresar. Sus hijos le dijeron a doña Irma que se fuera, porque temían hacerle a su padre si él llegaba a ponerle de nuevo una mano encima.

Así se marchó con una mochila con sus cosas y la ropa que llevaba puesta. Su primer destino fue el entonces Distrito Federal, acompañando a una amiga suya que se dedicaba a la venta de fayuca. Poco después de eso, tomó un autobús que la trajo a la frontera norte.

Llegó a medianoche en el autobús, que la dejó sobre la avenida López Mateos. Caminó el Centro, antes de sentir los riesgos que hoy existen.

Por tres días, durmió al pie de un pilar al frente de un hotel sobre el callejón Reforma. En el mercado Braulio Maldonado se dedico a trabajar lavando trastes o labores generales, donde la pagaban de 14 a 15 pesos por jornada.

No sabe leer o escribir, pero supo salir adelante. En todas sus situaciones y crisis de fe, le pidió a Dios y a Jesús que le iluminará su camino. Ella está convencida de que así lo hizo.



Moviendo montañas

Doña Irma es una mujer platicadora, muy abierta, franca. No le avergüenza, y no debería, mostrar su fe cuando habla con los demás. Saluda y se despide deseándoles bendiciones a sus clientes.

Desde que llegó a Mexicali, entendió que era su manera de hacerse paso en esta frontera. Un buen día, una persona la abordó en la calle y le preguntó si quería trabajar en una casa cuidando a una mujer mayor.

Por siete años, se hizo cargo de Carmen, una mujer enferma que solía vivir sobre la calle H, de la que asegura forjaron una buena amistad. Eventualmente, la mujer falleció, pero sus hijos agradecieron su trabajo con una indemnización que le sirvió para empezar un negocio.

Comenzó vendiendo tamales, pero dice que por envidias tuvo que retirarse de una acera sobre el bulevar López Mateos. Continuó con las aguas frescas y es lo que hasta hoy ofrece para seguir activa. “No sufro nada porque estoy en el camino de Dios”, dice.

Cuando los ve en necesidad, doña Irma suele regalar agua al sediento y a las personas sin techo que deambulan por el Centro Histórico.

Con ayuda de Melesio, un hombre con el que comparte casa en la colonia El Vidrio, sale todos los días a trabajar y atender su carreta de aguas.



Credos y fe

Su fe no es gratuita. Con la seguridad que siente solo quien carga el costal, doña Irma asegura que se encomendó a este camino luego de ver de cerca la muerte cuando tenía unos 26 años de edad.

En su Acapulco, recuerda que por un año cargó un tumor, que le habían asegurado primero que era un embarazo de triates.

Con lujo de detalle recuerda cómo una curandera y su familia, usando infusiones y otras cosas, le sacaron un tumor, que asegura tenía forma humanoide. En este procedimiento, afirma que vio a la virgen.

“Miré dos pajaritos, me llevaron por el mar y llegamos a las nubes, ahí encontré unos caminos y uno de ellos me llevó a un palacio grande, donde miré a la Virgen, enorme, y me dijo que tenía que regresar porque todavía no era mi momento”, rememora.

Cuando volvió en sí, su familia estaba alrededor suyo. Por más de un año estuvo en cama, perdió mucho peso, pero este evento reforzó su fe católica y cree que le ayudó a sanar rápido. Esta fe la inculcó a sus hijos, cuando su padre salía por días al mar.



Testigo del tiempo

“El Centro va para abajo, está muy oloroso, no hay jardineras, no se limpia. Hace falta un mercado, una frutería, algo que atraiga a la gente a ver el Centro. Tampoco hay un parque decente al cual ir a pasear un rato, invadidas de indigentes”, sintetiza doña Irma, sobre la situación del corazón de la ciudad.

Años atrás, entró varias veces al cine Bujazán, hoy tienda Milano, que se encuentra frente a su puesto de aguas. Por diversión o para resguardarse del calor, entraba más de una vez por semana.

Así pudo ver a Laura León, a Antonio Aguilar o a la India María, cuando vinieron al estreno de películas en las hoy extintas salas de cine del Centro. “Se hacían las filas enormes, se hacían las filas todas sobre la banqueta, que no cabían”, recuerda.

Le es inevitable hacer las odiosas comparaciones. Lo hace con los centros históricos de Acapulco, Zacatecas, Mazatlán o Puerto Vallarta. No hay cómo rebatirle sus argumentos.

“Todos tienen sus áreas del centro bien bonitas, arregladas, limpias. Aquí no, yo limpio mi área, la cuido. Es el Centro ¿cómo que no puede estar limpio?”, cuestiona retóricamente. No hay respuesta para ello.

“Aquí están mis recuerdos y voy a estar hasta que aguante, no quiero dejar de trabajar. La soledad y la cama no son buenas consejeras”, dice.

“Yo ya voy de salida, pobres los que se quedan, los que están creciendo aquí, yo ya estoy grande”, dice compadeciendo a las nuevas generaciones que no han visto el potencial del centro y no parece interesarles.
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