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Mexicali Angélica es una vendedora de quesadillas y gorditas, pero encierra una historia de exilio por la violencia en México

#CrónicasDelCentro Sabores migrantes, sabores del Centro

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Por Saul D.Martinez

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Cuerpos embolsados, personas decapitadas, desmembradas, ejecutados. La vida diaria para Angélica, en un Acapulco dominado por el crimen organizado y la violencia desmedida.

“Me tocó a mí ver cómo un día un cobrador (de piso) en una plazita donde uno va a vender comida, que mató a un muchachito que se puso a vender quesos. Por no darle diez pesos le dio un balazo en la cabeza”, recuerda Angélica.

Un día de violencia como tantos, un grupo armado entró a la secundaria donde estaba su hijo. Los hombres se llevaron a dos estudiantes; uno fue encontrado muerto y el otro fue liberado. Ese día, Angélica decidió salir de la ciudad.



“Es mentira eso de que lo que uno debe nada teme, aunque no andes en malos pasos, los delincuentes no respetan”, comenta. El saber que la violencia estaba tan cerca de sus hijos, que se estaban criando en medio de un ambiente caótico, fue el factor esencial que la hizo huir de Acapulco.

Sin tener familiares en Mexicali, se dispuso a venir a la capital bajacaliforniana, luego de averiguar por Internet las ciudades más seguras. Así, sin más, vendió lo que tenía, tomó sus cosas, a sus cinco hijos y partió al norte del país, a la frontera.

Fue aquí, y particularmente en un desaseado y descuidado Centro Histórico, dónde encontró un nuevo hogar, y en la comida típica guerrerense descubrió un nuevo sabor de esperanza.

Saltos de fe

Angélica Rodas Sifuentes es una mujer de grandes y atezados pómulos que enchinan sus ojos en cada sonrisa. De una simpatía natural y presentación rolliza, atiende un pequeño puesto callejero de comida típica guerrerense. De garnachas, pues.

Llegó a Mexicali un 16 de abril de 2013. No conocía a nadie en la ciudad. Con el dinero que pudo traerse rentó una casa en un fraccionamiento al sur de la ciudad, en esos donde abundan las estructuras abandonadas.



Dice que nunca le ha tenido miedo a emprender. Buscó trabajo en las maquiladoras y el mismo día que llegó a preguntar a una de ellas, ya estaba en una línea de operación por la tarde.

Haciendo horas extras lograba obtener un sueldo decente para sostener a su familia y a su esposo, quien se mueve con dificultad por una enfermedad y por ello le ayudaba en casa.

El trabajo en maquiladora la fue acabando hasta que un día uno de sus hijos se rompió un brazo en la escuela. Le dijeron que no podía salir, y que si se iba, sería con renuncia de por medio, y así lo hizo. Después de una hora y media de la noticia, se fue del lugar.



Sin empleo y con la necesidad de medicinas, la frustración imperó en la familia. Con 80 pesos que le quedaban en la bolsa, fue a comprar una caja de botellas de agua y, con toda la pena del mundo, las vendió en un crucero de la ciudad junto con dos de sus hijos.

Con lo que ganó, compró otras dos cajas y salió de nuevo a vender. Ese día, obtuvo una ganancia de 700 pesos, con los que pudo adquirir los medicamentos y también lo necesario para elaborar tamales, que comenzó a vender en la esquina de Reforma y Azueta, en el Centro Histórico.

Sabor de casa

En un banquito de madera, Angélica puso la olla. Aún con el desdén de algunas personas por tratarse de tamales de pollo, logró venderlos todos y se animó a seguir haciendo comida para vender.

Al poco tiempo, acudió al Ayuntamiento para obtener un permiso para vender comida en vía pública. “No se aferre, señora”, le dijeron en varias ocasiones. “Los permisos para vender en el Centro ya se acabaron, busque en otro lugar”.



Angélica ya había establecido un vínculo emocional con esta zona de Mexicali, y por ello insistió en el permiso. Agotó todos los medios, hasta que un día se dio cuenta que le hacía falta algo. “Me puse en manos de Dios, le dije que le tocara el corazón al director del Ayuntamiento”, me dice.

Ese día, cuando fue a la Dirección de Comercio Ambulante para ver la situación de su permiso, le dijeron que se lo habían aprobado. Con lágrimas rodando por sus abundantes mejillas, les agradeció a las personas del Ayuntamiento. Había dado un paso más.

Sabor a esperanza

Angélica es una exiliada por la violencia en México, al igual que su familia. “A pesar del clima extremoso de aquí, me siento segura, siento que puedo salir al patio de mi casa en la noche, platicar con mis vecinos, sin el miedo que sentía en Acapulco”.

Extrañando los sabores de su tierra, decidió comenzar a vender antojitos guerrerenses. En una plancha redonda, junto a dos mesas largas acompañadas de unos banquitos, ofrece un trozo de los sabores de su tierra, en una esquina del Centro Histórico.

Poco a poco, desde hace tres años, se ha hecho de clientela y de varios amigos. Igual ha encontrado paisanos que trabajan en los campos de cultivo del valle Imperial, que tienen la fortuna de recordad su pueblo a través de un buen bocado.

A este puesto, Angélica ha acudido incluso con un pie fracturado y también días después de haber sido operada de la vesícula. Le han ofrecido asociarse para abrir un local de comida guerrerense, opción que no descarta, pero segura está de no dejar de atender en la esquina de Reforma y Azueta.

Un nuevo hogar

Angélica no pretende regresar a si ciudad natal en un futuro cercano. “Me duele mucho ver cómo un lugar tan hermoso como Acapulco este pasando por esto, que sea tan normal estar viendo decapitados, cuerpos embolsados y ejecutados todos los días”.

Uno de los lugares en los que vivió por muchos años en la costa guerrerense, estaba cerca del cerro de El Veladero, dónde se descubrió una de las más notorias “narcofosas” del crimen organizado de Acapulco.

Entre los guisados de pollo, puerco y carne, las gorditas, memelas o pupusas, “cómo el cliente las quiera llamar”, Angélica huele y saborea su hogar, pero ahora en la capital cachanilla.

Ella es una de esas mujeres que tienen una fe inquebrantable. Lo demuestra al hablar con seguridad y cuando dice lo que planea a futuro. En Mexicali, Angélica encontró una nueva familia, amigos y una fe renovada para sacar adelante a su familia. “Mexicali es una ciudad muy generosa, aunque muchas personas de aquí no lo puedan ver”.

Angélica sonríe y sus ojos se enchinan. Luego de vender la comida del día y que crujan las últimas garnachas, vuelve a casa, a su hogar, con su familia.

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