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Mexicali

#CrónicasDelCentro Entre relojes y tesoros; el arte de perdurar en el Centro Histórico de Mexicali

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Por Saul D.Martinez

#CrónicasDelCentro Entre relojes y tesoros; el arte de perdurar en el Centro Histórico de Mexicali

#CrónicasDelCentro Entre relojes y tesoros; el arte de perdurar en el Centro Histórico de Mexicali

Con manos hábiles, pacientes y meticulosas, don Rubén Hernández comienza a desarmar un pequeño reloj de pulso en un pequeño y traslúcido cubículo detrás de las vitrinas del local. Un movimiento equivocado y el mecanismo no funcionará adecuadamente cuando sea ensamblado.

Hace décadas que comenzó a practicar esas habilidades, esta suerte de prestidigitación con la que su padre, don Jaime, se formó en su natal Durango y que hoy forma parte del escudo familiar de profundas raíces en el Centro Histórico de Mexicali.

Sobre la calle Altamirano, entre el bulevar Adolfo López Mateos y la calle Benito Juárez, don Rubén atiende la joyería “El Mago de los Relojes”. El sobrenombre se lo atribuyeron a su padre, por su destreza en la reparación de estos aparatos. Él ahora heredó el título y el legado.



Desde 1992 ocupan el mismo local que anteriormente fue un comercio de cristalería atendido por chinos, llamado La Corona. Sin embargo, su familia echó ancla en esta otrora enérgica zona comercial de la ciudad décadas atrás.

Heredero y portador de un entrañable oficio familiar, don Rubén ve al Centro Histórico de Mexicali como algo más que su segundo hogar; aquí es donde conoció a su esposa, sus padres iniciaron el negocio familiar y sus hijos dieron sus primeros pasos.

Reserva familiar

Como comerciante, don Rubén es abierto, franco y hasta platicador. Ante reporteros, es tímido y reservado. Poder platicar con él abiertamente para esta crónica nos tomó algo de tiempo, pero al final pudimos persuadirlo.

Charlamos en su oficina, donde guarda una de las cosas que más atesora: una fotografía en blanco y negro de su abuela, Soledad García Hernández, la cual rescató del incendio de La Chinesca en julio de 1992.



En ocasiones mueve las manos con ansiedad mientras plática su historia. Habla de un tema y de otros tantos a la vez. Sin embargo, conforme avanza nuestra conversación y la confianza crece, se desapega de la timidez, se expresa con emoción, se relaja y derrocha sinceridad.

Desde la tierra del escorpión

En la década de los sesentas, don Jaime Hernández García y su esposa, Lydia Pacheco Vera, llegaron a Mexicali como cientos de mexicanos en busca de mejores oportunidades en la frontera norte.

De familia joyera, don Jaime migró con sus habilidades con el oro y los mecanismos de los relojes, una prenda que daba distinción a hombres y mujeres, accesorio que no pasa de moda. En el Centro de la ciudad consiguió su primer trabajo.



Al cabo de poco más de 3 años, pudo ahorrar lo suficiente para emprender un negocio propio. En 1970, abrió la Joyería Hernández, cerca de lo que hoy es el Puente Reforma, a espaldas del edifico El Tecolote.

Sus clientes lo fueron conociendo como El Mago de los Relojes, por su destreza en las reparaciones. “Me decía que por más difícil que fuera el trabajo, que lo agarrara, incluso si le perdía, porque así ganaba algo más valioso: un cliente satisfecho”, recuerda don Rubén.

Por un tiempo, don Jaime siguió trabajando en la Joyería México. Luego, con el aumento de trabajos, mudaron la Joyería Hernández al callejón de La Chinesca, ahora bajo con el nombre agregado de El Mago de los Relojes.

Don Jaime y doña Lydia debían de sostener una familia de once hijos y por ellos, ponían especial empeño en sobresalir de la competencia que otras quince joyerías les daban para esos años de prosperidad.

Legado de valores

“Él no quería que nadie anduviera de vago, o nos mandaban a estudiar y al que no quería, lo ponía a trabajar en la joyería”, es así como me explica don Rubén que él fue uno de los que heredó el oficio de su padre. Paciencia y dedicación son indispensables para eso.

Don Jaime depositó en sus hijos un racimo de valores. Quienes se dedicaron a la joyería y relojería, aprendieron una mística que su padre les enseñó con el ejemplo: el servicio al cliente, su satisfacción y la solidez de su palabra. Entre tanta competencia, el servicio hacía la diferencia.



La voz de don Rubén se forra de pasión cuando lo recuerda. Mientras relata, su mirada parece dirigirse al pasado, como si viera a su padre. En su garganta, un nudo de emociones se le atora cuando habla de él, y de su madre, doña Lydia, el corazón detrás del legado familiar.

La filosofía de don Jaime para con su negocio, iba más allá de lo convencional. Algunos clientes tal vez hoy recuerden como, de manera sorpresiva, solía regalar las joyas o relojes a algunos clientes en el Día de Nochebuena, o bien, algún detalle para las madres en su día.

Nunca lo vio como una pérdida, sino como una inversión. “Para ejercer el oficio, hay que amarlo, me decía”, recuerda don Rubén mientras una amplia sonrisa se desvela en su rostro.

Don Jaime, ya entrado en años, reunió a su familia un buen día en casa de una de sus hijas. Ahí les dijo que con sus ahorros compraría un local en una plaza comercial que recién se había construido en la colonia Jabonera, donde se forjaba su principal competencia.

Sus hijos renegaron la decisión, pues consideraron que era tiempo de que él se retirara del negocio a descansar y aprovechara sus ahorros. “No es para mí, es para ustedes”, les dijo. Hasta sus últimos días, pensó en ellos y les dejó más que un patrimonio.

Acompañado a ultranza por doña Lydia, su compañera de vida, don Jaime murió en 1991, pero no su legado.

De las cenizas y la alquimia

Faltaban unos minutos para las cinco de la tarde. Es 20 de julio de 1992. Un humo verdoso se filtraba por el piso del local 11 de La Chinesca, en la Joyería El Mago de los Relojes. Don Rubén y dos empleados se encontraban en el lugar.

En el sótano de una zapatería se había iniciado un incendio, pero su bodega abarcaba a los sótanos de los demás locales. Los zapatos de piel comenzaban a desprender un humo muy denso y provocó el desalojo de los locales abiertos.

En minutos, el fuego se expandió. Don Rubén alcanzó a cerrar las cortinas del local y antes de salir, por reflejo o instinto, regresó al local en medio del humo asfixiante y tomó el cuadro con la foto de su abuela.



Bomberos llegaron al lugar y por horas atacaron las llamas. Cuando el humo se disipó y las mangueras comenzaron a lanzar los últimos chorros de agua, se dio cuenta que todo se había perdido. El retrato fue lo único que sobrevivió.

Más que detenerlos, la tragedia los hizo más fuertes. Con los ahorros que tenían, rentaron ese mismo año el local de la calle Altamirano, donde se aferran al Centro Histórico después de 26 años.

Guiños desde China

No se puede hablar del Mago de los Relojes sin la dinastía de los Chen. Rossy, la esposa de don Rubén, ha sido desde hace más de 30 años un pilar insustituible. Su historia de amor se inició en el Centro, donde también comenzaron su familia.

Ambos se conocieron a través de sus hermanas mayores. Ella estudiaba secretariado en un edificio donde don Rubén trabajaba en la planta baja. A principios de los ochentas, la familia Hernández Chen tallaba su historia en el complejo retablo del primer cuadro de la ciudad.

Los abuelos Chen llegaron de la región de Cantón, China, en los cuarentas. Se establecieron en el valle de Mexicali y se dedicaron al comercio. El padre de doña Rossy Chen, rentaba una casa por la calle Lerdo y todos los domingos familiares fueron en el Centro Histórico. Era la cotidianeidad de la vida mexicalense de mediados del siglo pasado.

Atisbo de esperanza

Abandono de comercios, locales cerrados, banquetas sucias, inseguridad, indigencia, desdén. “Es triste ver todo esto”, coinciden doña Rossy y don Rubén. Al panorama le añaden la competencia de las plazas comerciales. Sienten que los están dejando solos.

Son pocos los maestros relojeros que quedan de la generación de don Rubén. Son artesanos, con habilidades particulares. En su caso, es un hombre de fe. Es optimista. Está decidido a no darle la espalda al centro en los momentos en que más lo necesita.

Está determinado a no ser de los que, ante la adversidad, empacó sus cosas y se marchó. Van a seguir firmes en el corazón de Mexicali, porque ante todo, hay esperanza y optimismo. “No sabemos cuándo, pero en algún momento, las cosas van a mejorar para todos aquí”, dice.

Antes de que terminemos la entrevista, una señora llega a dejar dos relojes de su papá recién fallecido. Confía en El Mago para que los restaure. Por casos así, asegura, el oficio no morirá pronto, pues también se encargan de restaurar las memorias y corazones de algunos clientes.

Una pareja de puertorriqueños con residencia en Nueva York aparece de pronto en la puerta de la joyería. Por La Crónica se han enterado de los sótanos de La Chinesca. En sus vacaciones a Baja California, decidieron conocerlos, aunque no escogieron buen clima para realizarlo.

En el sótano de la joyería, un museo vivo, se encuentran varias pertenencias que se guardan y atesoran de la familia. El lugar, de repente, se transforma en una galería de antigüedades, de reliquias y de objetos históricos, relojes cucú y de la década post porfiriana.

Doña Rossy toma de la mano a don Rubén. Hablan con esperanza y optimismo de la recuperación del primer cuadro de la ciudad. Todo, con la bendición de doña Lydia, quien este viernes cumplió años.

Los Hernández Chen saben mejor que nadie en Mexicali, que todos los caminos conducen al Centro.

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