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#CrónicasDelCentro Entre piñatas y confites, una dulce tradición en el Centro

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Por Saul D.Martinez

#CrónicasDelCentro  Entre piñatas y confites, una dulce tradición en el Centro

#CrónicasDelCentro Entre piñatas y confites, una dulce tradición en el Centro

Sobre la calle México el olor a dulces atrapa al peatón. Un andador que ofrece todo lo necesario para organizar y decorar una fiesta, surtirle de dulces y proveer a los pequeños comercios que revenden en las escuelas o las tienditas de barrio.

Un giro que creció exponencialmente con el desarrollo del entonces boyante Mercado Braulio Maldonado a finales de los setentas y principios de los ochentas. Las pequeñas fruterías y tiendas de abarrotes evolucionaron naturalmente en dulcerías.

Junto con ello, otros giros vieron el inicio de su crecimiento. La elaboración de piñatas, desde las más sencillas y tradicionales, hasta las que toman la forma de modernos personajes de películas animadas, caricaturas y largometrajes, va de la mano con este negocio que perdura en el corazón de la ciudad.



Hablar de dulcerías nos remite al Centro Histórico, donde se encuentran los almacenes más grandes de confites, caramelos, frituras y accesorios de decoración. Es una de las tradiciones más arraigadas en esta zona de Mexicali y también es el mercado de la añoranza.

Aún con las adversidades sociales y económicas de esta zona, hoy por hoy, las dulcerías del Centro de la ciudad son un referente obligado en el primer cuadro de la ciudad y uno de los giros más resistentes y estoicos, pero ¿cuál es el secreto?

Los encargados de algunas de las dulcerías con más arraigo de esta zona nos cuentan sus historias.

Un giro con raíces

La calle México concentra las dulcerías en el Centro Histórico. Este andador golosinero topa con una imagen no menos favorecedora, la que hace oda a la indigencia expuesta al calor de este verano en el Parque Santa Cecilia o Parque del Mariachi.

Polo obligado para quien organiza fiestas infantiles, el que vende dulces o confitería al menudeo, cooperativas escolares, tiendas y dulcerías de otras localidades, el Centro Histórico es la primera opción en la mente de los cachanillas en cuanto a surtido de dulces se trata.



“Es una de las pocas tradiciones que nos quedan en el Centro de la ciudad, pero también es de las más fuertes”, expresa Jessica Méndez, quien administra la Dulcería Karmelitas, una empresa familiar firmemente enraizado en esta convaleciente zona.

El sostenimiento de un negocio familiar en un lugar deprimido económicamente se yuxtapone a otros giros de la zona. El crecimiento no es fortuito. Se trata de esfuerzo, de constancia, de atención al cliente y de forjar una tradición a partir de cero.

De familia

Cuando niña, Carmen Morales se inició en el negocio dulcero. En una de las tiendas de sus tíos acomodaba cajas, atendía clientes, cobraba o limpiaba. Sus padres también estuvieron involucrados en el giro, por ello, siempre estuvo familiarizada con él y el apellido Morales está ligado a esta zona de la ciudad.

Su carácter y modo de atender le valió la lealtad de clientes e incluso de proveedores. Cuando sus tíos se separaron, ella decidió tomar su propio camino y abrir un pequeño local, también sobre la calle México.



Antes de emprender, se casó con Jesús Méndez, un amigo de sus tíos. La decisión nupcial no fue vista con mucho agrado por la familia, pero juntos decidieron apuntalar por su independencia financiera. La dulcería Karmelitas abrió sus puertas oficialmente en 1993.

Ubicada entonces en un pequeño local contiguo a la dulcería en la que trabajaba, clientes y proveedores la seguían buscando. Dos de los proveedores le abrieron crédito y gracias a ello se trajo una camioneta llena de producto desde Tijuana.



A partir de entonces, el negocio no dejó de crecer. El pequeño local se expandió a dos, pero la voracidad de la persona que les rentaba fue frenando el desarrollo de la dulcería. Fue entonces que se decidieron por comprar un terreno en la acera de enfrente, el solar de una antigua maderería.

La dulcería verde, la de los San Judas o la dulcería grande. Los mexicalenses la conocen con muchos nombres. Hoy en día, es uno de los negocios que paradójicamente sigue creciendo en el Centro Histórico. Carmelita tiene hoy 57 años de edad y con orgullo ve el patrimonio que ha forjado a base de constancia y esfuerzo.

Con el negocio también nace una familia. Empleados desde el primer día, como Héctor Jáquez o Jesús Guerrero conocen el término de lealtad. Jessica recuerda el día en que, a sus siete años, un hombre ebrio se la quiso llevar estando frente a la dulcería, de no ser por Jesús, quien se dio cuenta y lo impidió, no sin antes aterrizar unos golpes al perpetrador.

Artesanías vivas

Habilidoso con el alambre recocido, don Melquiades termina en 15 minutos una estructura que se convertirá en un unicornio. Sus manos están engrasadas por el manejo de horas de este metal que es la primera fase de una piñata.

Su hijo se encarga de recubrir con periódico la estructura usando engrudo que toma con sus manos desde una bandeja plástica. Su esposa se encarga de los toques finales al colocar el papel picado y le da rostro a la artesanía que terminará molida a palos en alguna fiesta de cumpleaños.

Don Melquiades Mata aprendió este oficio desde hace 20 años, cuando se casó. Todo ese tiempo surtió a varias dulcerías locales, hasta que decidió emprender su propio negocio en el Centro de la ciudad.

En temporada alta elaboran hasta 45 piñatas diarias. Esta cadena de producción familiar funciona armoniosa, a pesar de las altas temperaturas a las que trabajan.

Prescripción para sobrevivir

Jessica es parte de la segunda generación de la dulcería Karmelitas. Desde la mañana, se le ve ir y venir por los pasillos de la dulcería, hacer llamadas, hablar por radio, firmar papeles, al mismo tiempo que atiende y convive con los clientes.

Aunque es temporada baja, el negocio luce vibrante. Una de las clientes se dirige a Jessica. Se saludan, platican y ríen. Su nombre es Minerva y viene de San Felipe a surtir lo que necesita para su dulcería en el puerto. “Ella viene aquí porque la hacemos reír”, dice la encargada del lugar.

No solo es el trato al cliente. Para Moisés Uribe, encargado de la dulcería Los Globos, el hecho de que las dulcerías estén concentradas en un mismo punto, facilita la labor de vendedores y proveedores, lo que se traduce en que ellos puedan dar mejores precios y un mejor surtido.



El mercado de la añoranza, como le llama, atrae a los mexicanos emigrados en Estados Unidos. La cercanía de la calle México con la Garita Centro de Calexico, les facilita acudir por dulces que no encuentran en sus ciudades. El sabor, los recuerdos, la tradición. Todo está acá.

Don Moisés aún recuerda los incendios que afectaron las dulcerías a principios del 2000 y otro que vino casi una década después. El fuego no pudo acabar con la pujante tradición de la zona ni la convicción de quienes le dan vida.

Las dulcerías de la calle México son ahora museos vivos que alivian la hambrienta nostalgia de recordarnos la alegría de la infancia, sobre todo para quienes repetimos el ciclo de nuestros padres para con nuestros hijos

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