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Memorias de Nueva York

Solía escuchar que los neoyorquinos son muy individualistas. Recuerdo que tenía una jefa en el periódico de Arizona que no saludaba.

Por Beatriz Limón

Solía escuchar que los neoyorquinos son muy individualistas. Recuerdo que tenía una jefa en el periódico de Arizona que no saludaba, aunque les dieras los buenos días, no contestaba. Tenía un letrero pegado en la puerta de su oficina donde se leía: “I’m from New York”. Como si esa leyenda justificara su falta de amabilidad.

Supuse que en realidad vivían en una especie de burbuja como en las películas, caminando rápido, sin voltear a los lados y ensimismados en sus teléfonos. Pero mi experiencia fue muy distinta, viniendo de un estado conservador, donde hablar español en sitios públicos es motivo de miradas intimidantes y juicios retrogradas, escuchar tantos idiomas, y ver rostros diferentes en la gran manzana, es un verdadero deleite.

La ciudad vibra de una manera gloriosa, caminas junto al trabajador de construcción y el glamoroso modelo. Puede salir como una reina, o en pijamas con un abrigo de peluche. En esa urbe brillan los rascacielos con luz propia, los hay de todos sabores y colores, con trazos modernistas o rosetas talladas en piedras. Balcones melancólicos que corren las cortinas dando paso a los ojos de los curiosos en el interior de otros mundos.

El vapor fluye de las alcantarillas como si caminaras entre las nubes, mientras los olores a comida china, árabe, mexicana, hasta los tradicionales hot dogs fantasean con tu olfato. Fui a comprar pan dulce a Levain Bakery, y mientras caminaba rumbo a la pastelería pase por el edificio Dakota, sobre la banqueta donde asesinaron a John Lennon.

El arte es tan accesible, como los pretzels, desde pequeñas galerías, donde puedes observar Boteros a la venta, hasta los grandes museos que albergan las obras de los grandes artistas de todos los tiempos. Fue ahí donde descubrí que el cuadro de Salvador Dalí, “La persistencia de la memoria” es tan pequeño que apenas y rebasa los 30 centímetros. En el mismo Museo de Arte Moderno MoMa es donde me ensimisme con los panfletos de Diego Rivera en su proceso creativos del mural Revolución Industrial, que se exhibe en la entrada principal para placer de los visitantes.

¡Qué les digo de la comida! Habiendo tantas opciones en Nueva York, los restaurantes están obligados a la excelencia, y aunque no es barato, pagar por calidad, siempre vale la pena.

Las estrellas están al alcance de tus manos, ni en mis sueños más remotos pensé conocer en persona a Hugh Jackman, y cuando lo tenía a unos metros de mi agradeciendo nuestros aplausos por su presentación teatral, me dije “Esto es Nueva York”.

Es Nueva York, fría, gris y luminosa. Amalgama de culturas. Una metrópoli fundada por migrantes, donde la diversidad cultural hace su magia.

Donde se camina rápido y el corazón late con fuerza.

*- La autora es periodista independiente para medios internacionales

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