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Las fronteras que somos

La narrativa criminal, policíaca, testimonial, que tiene a la frontera como su espacio de expresión e identidad es un tema de relevancia en la crítica académica de nuestros días. Podemos verla aparecer, en forma ya definitiva, en el libro De islas, puentes y fronteras. 

Por Gabriel Trujillo

La narrativa criminal, policíaca, testimonial, que tiene a la frontera como su espacio de expresión e identidad es un tema de relevancia en la crítica académica de nuestros días. Podemos verla aparecer, en forma ya definitiva, en el libro De islas, puentes y fronteras. Estudios sobre las literaturas del Caribe, de la frontera norte de México y de los latinos en los EEUU (Iberoamericana/Vervuert, 2013) de Frauke Gewecke (1943-2012), profesora de la universidad alemana de Heidelberg. Frauke me contactó en 2009, cuando vino a México para estudiar la literatura fronteriza. Con ella trabajé un dossier para la revista Iberoamericana (editado en 2012) y me percaté de su enorme interés por las obras que son puentes para acercar a las culturas entre sí.

La labor de Frauke como difusora de la narrativa fronteriza, en España y Alemania, es prueba de que a veces la distancia ayuda a comprender con mayor justeza los frutos literarios de un país como el nuestro. Para Frauke, los literatos norteños nos estábamos apropiando del espacio fronterizo sin “caer en un localismo trasnochado”, sin “renunciar a tocar temas universales”. Escribir de la frontera era y es reclamarla como propia. Eso es lo que expresan los ensayos de Frauke Gewecke.

Como sitio de convergencias creativas, la frontera ha regresado por sus fueros, una vez más. Ahora bien, es obvio que la vida en la frontera, ya en la segunda década del siglo XXI, es en términos de violencia social no distinta a la vida que se experimenta en el resto del país, ya sea Tamaulipas o Michoacán, Baja California o Veracruz, la escalada de la guerra contra el narco que dio inicio en 2006, en el sexenio calderonista, sólo llevó a la destrucción de las formas de vida y convivencia comunitaria, sustituyendo a la libertad por la seguridad, a la justicia por la venganza como valores apreciados, provocando así que se aceptaran toda clase de controles y restricciones en nombre de una ficticia tranquilidad que sólo trajo mayores índices de crueldad, de apatía, de dolor colectivo. Los actos de criminales y autoridades crearon un infierno en masa que, ya establecido, nadie supo cómo detener. Lo que era una comunidad trabajadora se transformó en un monumento al horror, a la rapiña, al sálvese quien pueda. El norte industrioso se volvió una enorme fosa común, una tierra de fantasmas, un paisaje baldío e inhóspito.

De eso hablan las voces reunidas en

Our Lost Border (Arte Público Press, 2013), libro coordinado por Sarah Cortez y Sergio Troncoso. Entre los colaboradores del mismo están Diego Osorno, María Socorro Tabuenca, Lolita Bosch, Liliana V. Blum, María Cristina Cigarroa, Paul Pedroza, José Antonio Rodríguez, Richard Mora y José Skinner, entre otros. Unos presentan testimonios personales de lo que hoy en día es vivir (y sobrevivir) en la frontera norte mexicana, mientras que otros ofrecen panoramas interpretativos de la sociedad fronteriza y sus reacciones distintas frente al incremento indiscriminado de la violencia de los grupos criminales y de las fuerzas oficiales por igual.

En todo caso, los mejores textos del libro en cuestión son, además del de Tabuenca, el reportaje periodístico de Diego Osorno sobre la batalla de Ciudad Mier en Tamaulipas, el de la creación del portal “Nuestra aparente rendición” de Lolita Bosch, en el que la autora hace el recuento de los daños y examina las causas de la violencia nacional: “México no es un país con derechos iguales para todos y lo que hoy vivimos no es del todo inesperado, sino la reacción histórica a años de racismo, desigualdad, xenofobia, pobreza, machismo, corrupción y un clasismo tan apabullante que casi nos parece natural”. Pero de todos los textos reunidos en Our Lost Border, me quedo con el de María Cristina Cigarroa, una escritora texana que cuenta sus visitas a la casa de sus abuelos en Nuevo Laredo, donde descubre que si hay algo que compensa la incertidumbre, el miedo o la inseguridad pública son los lazos familiares, la unión comunitaria.

A casi diez años de la publicación de estos libros, ¿estamos comprendiendo mejor el mundo fronterizo que llamamos nuestra casa, que denominamos nuestro hogar? Yo espero que sí o seguiremos repitiendo las mismas recetas fallidas, los mismos métodos que sólo aumentan el sufrimiento colectivo, que sólo reproducen el círculo vicioso de la violencia imparable. Y como la historia lo demuestra, donde hay violencia no hay progreso que sirva, justicia que prospere.

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