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Columnas

La vida como cuento

El oficio de contador de historias tiene mucho de parecido con los pintores que hacen retratos de ciertos seres humanos o de la sociedad que habitan como un todo. El que narra, al menos en nuestra entidad, es un observador perspicaz de la vida que lo rodea, de las gentes que conoce, de los momentos sorpresivos que captan su atención.

Por Gabriel Trujillo

El oficio de contador de historias tiene mucho de parecido con los pintores que hacen retratos de ciertos seres humanos o de la sociedad que habitan como un todo. El que narra, al menos en nuestra entidad, es un observador perspicaz de la vida que lo rodea, de las gentes que conoce, de los momentos sorpresivos que captan su atención. En Baja California, el narrador fue una figura menor durante buena parte del siglo pasado: los reyes de la creación literaria, los que tenían los juegos florales y los reconocimientos públicos eran los poetas, especialmente aquellos que cantaban a lo propio, a lo nuestro con versos épicos donde sobresalían los temas de siempre: el amor al terruño, la alabanza a las bellezas regionales, el recordatorio de las hazañas -ciertas o no, verificadas o no- del pasado.

Los poetas eran el centro creativo de las generaciones que empezaron a publicar en en Ensenada a principios del siglo XX como de los bardos que aparecieron durante los locos años veinte, los profetas del cambio que emergieron junto a las luchas agrarias y los profesores normalistas que le ofrendaron sus versos al culto de la Californidad y que publicaron sus poemas en diarios y revistas del flamante estado 29 de la federación mexicana a partir de 1952. Los narradores, en cambio, se vieron como comparsas de tales festejos. Podían, desde luego, publicar un cuento aquí y allá, pero sin editoriales comerciales o institucionales, las novelas que escribían debían pagar ellos mismos su publicación o intentar que se editaran en la ciudad de México, teniendo el problema de que, al tener mayoritariamente temas regionales, poco les interesaban a las empresas editoriales del centro del país dar a conocer obras narrativas que no iban con los gustos de moda, con las corrientes literarias del momento.

Esta situación fue cambiando a partir de los años ochenta, con la generación de los talleres literarios en el estado, ya fueran del INBA en conjunción con el gobierno estatal como de la UABC, lo que dio pie a que una nueva oleada de narradores, entre cuentistas y novelistas, tomara la palestra y se hiciera de un lugar tan destacado o más que los poetas. Narradores como Rosina Conde, Luis Humberto Crosthwaite, José Manuel DiBella, Francisco Lizárraga o Raúl López Hidalgo marcaron la pauta a seguir y, pronto, algunos de ellos publicaron no sólo en la entidad sino a nivel nacional.

Pero entre ambas generaciones quedó un grupo de narradores tradicionales, hechos para contar lo anecdótico, que lograron publicar sus libros de cuentos y novelas entre 1970 y 1990. Hablo de narradores que quedaron a medio camino entre los viejos tiempos y la modernidad literaria de finales del siglo pasado. Aquí se pueden mencionar autores como Hugo Covantes, Luis de Basabe y Arcadio Chacón Mendoza, que habiendo nacido entre 1915 y 1935, dieron a conocer sus obras cuando las nuevas generaciones de los talleres apenas comenzaban su aprendizaje en estos menesteres de la literatura regional.

Si Hugo Covantes, nacido en Mexicali en 1935, va por el relato psicológico  y Luis de Basabe, por los cuentos folklóricos y la vida migrante desde Ensenada, Arcadio Chacón Mendoza, nacido en Coalcomán, Michoacán, en 1915, prefiere hacer de su obra un espejo de modos de vida y conductas fronterizas. Y es que Chacón Mendoza tiene la particularidad de haber sido uno de los primeros médicos especialistas en llegar a la ciudad capital de nuestro estado en el año histórico de 1952. Era, nuestro autor, médico cirujano por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo con especialidad en oftalmología.

Desde su llegada a Mexicali se implicó en la incipiente vida cultural de nuestra entidad, siendo integrante, ya en los años sesenta del siglo XX, de la Asociación de Escritores de Baja California y fue fundador y primer director de la escuela de Enfermería de la UABC e impulsor de la escuela de Medicina de nuestra máxima casa de estudios. En 1970 fue presidente municipal de Mexicali al dejar su cargo Francisco Gallego Monge por enfermedad. Pero ante todo, don Arcadio fue un narrador enérgico, tenaz, impulsivo, que publicó antes de morir Cuentos del atardecer (1978) y Custodiando su patrimonio (1979), libros que denotan su interés por la humanidad en sus más ríspidas contradicciones y deseos. Chacón Mendoza, sin duda, es un personaje que debemos redescubrir y no dejar en el limbo de la literatura de nuestro estado. Merece eso y más.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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