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Columnas PÓSTIGO

Discurso del método

A doce meses del triunfo electoral de AMLO y siete de asumir el gobierno; ya se puede visualizar la relación entre lo que fue una campaña de compromisos del entonces abanderado de “Juntos Haremos Historia”.
 

Por Antonio Medina de Anda

A doce meses del triunfo electoral de AMLO y siete de asumir el gobierno; ya se puede visualizar la relación entre lo que fue una campaña de compromisos del entonces abanderado de “Juntos Haremos Historia”, con  la cristalización de lo cumplido que voces del jubiloso primor afirman han sido cubiertas  70 de las 100 promesas electorales enarboladas.
Como era de esperar; los números alegres reiterados por el Ejecutivo en la verbena informativa del lunes antepasado recrearon, entre ovaciones o abucheos,  sendas contradicciones que por una parte enaltecen la figura presidencial, y por otra, censuran lo manifestado desacreditando a través de pareceres objetivos como subjetivos trátese de asuntos económicos, legislativos, migratorios, corrupción etcétera; ya que dominan diferentes visiones para leer y explicar una realidad  que por donde se quiera abordar manifiesta indecisiones, vacíos y agitación.
Palabras, acciones que espontáneas o azuzadas no meten reversa en su resistir político-partidista o requerimientos laborales sin omitir las alentadas por ciudadanos opuestos a proyectos que, consentidos a mano alzada por auditores convocados o encuestas de similar amarre, no dejan de hostilizar decisiones estimadas contrarias a sus intereses o, de menos, autoritarias a no tener sustento participativo ni apoyarse en la transparencia y conformidad de los directamente afectados antes que complacer a  mercaderes favorecidos, probado motivo, cuando no se olvida el caprichoso arbitrio impuesto al pueblo.
Abundante y tortuoso resulta resumir el consenso (beneplácito) y el disenso (contrariedad) que con o sin proponérselo López Obrador despierta ya que, por un lado, sus glorificadores-justificadores remiten lo malo a gobernantes pasados mientras, algunos críticos juiciosos, no siempre profundizan sobre el carácter que por esencia define al presente gobierno dejando, para otra ocasión, los exabruptos de la derecha tratando de  abordar una formulación austera a partir de la proclama obradorista de haberse logrado el “cambio de régimen”.
Veamos: el régimen es un gobierno basado en reglas impuestas que se deben obedecer por representar la guía, meta y proceder del ESTADO sea monárquico, democrático o de cualquier signo  lo cual no impide que dicho régimen sufra fisuras y confrontaciones sin significar cambio alguno por el hecho de restaurar lo destruido, incumplido y corrompido por sus gobernantes. La acción y efecto reproductor del régimen corrigiendo lo “descompuesto” de un sexenio a otro, por ejemplo, en poco o casi nada  afecta los intereses de la clase dominante al no atentar sobre la estructura (o base históricamente determinada) por las relaciones económicas, políticas y de poder del régimen.
De ahí que AMLO no puede ni quiere extirpar el régimen del que, si consiguiera involucrar a las masas, apenas lograría distanciase de los nefastos agravios emplazados por un sistema al que nunca osará desafiar virtud al poder trasnacional mercantil, industrial, financiero, agropecuario, tecnológico y más; del que siendo México un subalterno desde la presidencia rige el “pienso, luego existo” del filósofo Descartes que conciliado con el pensamiento escolástico revive anhelos bíblicos.
Alejados, distantes de toda implicación transformadora del régimen…  
    



* El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.
 

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