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Columnas

Del auge algodonero a los tratados de libre comercio

A mediados del siglo XX, con el auge algodonero, los ejidatarios se vuelven el eje de la clase privilegiada fronteriza. Como agricultores, que cosechan una materia prima de exportación, se convierten en los reyes del consumo desaforado.

Por Gabriel Trujillo

A mediados del siglo XX, con el auge algodonero, los ejidatarios se vuelven el eje de la clase privilegiada fronteriza. Como agricultores, que cosechan una materia prima de exportación, se convierten en los reyes del consumo desaforado. Francisco Rubio, cuyo padre es dueño de licorerías en Ensenada y Mexicali recordaba que los campesinos del valle de Mexicali “llegaban a comprar licor en Cadillac, los cuales traían cargados de leña y gallinas, los usaban como pick ups; llegaban y compraban el licor por las bonitas que estuvieran las botellas, no por el contenido”. Y a esto hay que añadir la famosa anécdota del ejidatario que quiso entrar a un banco de Mexicali descalzo y todo sucio por venir de levantar la cosecha y que el flamante gerente, venido de la ciudad de México, tomó por un limosnero y sacó del banco a empeñones, perdiendo de esa forma el millón de dólares que llevaba el agricultor a depositar. El igualitarismo era la moneda de uso para reconocer a nativos y foráneos. Sin el empleo de jerarquías ni reverencias (el tú sustituye al usted), empresarios y empleados beben y conviven en las mismas cantinas y burdeles, asisten a los mismos templos y cantinas.

Pronto corre el rumor en todo México que el valle de Mexicali es la nueva tierra de Jauja y mexicanos de todos los rincones del país llegan convencidos que su destino es ser agricultores. Incluso un actor famoso de la época de oro del cine cómico nacional, Roberto Soto “Mantequilla” (1888-1960), se transforma de la noche a la mañana en campesino honorario cachanilla. Y en algunos casos, como en la empresa Jabonera del Pacífico, la Anderson and Clayton de Mexicali, los directivos construyen sus casas y un centro deportivo con alberca en el interior de los terrenos de la fábrica, un centro al que pueden asistir, para practicar tenis o squash, los empleados. Además, a los obreros se les entregan, a bajo costo, casas para sus familias y se funda una escuela primaria para sus hijos. Todo esto lo permite el auge del algodón que se da entre 1940 y 1960. Luego, cuando la crisis algodonera impacta de lleno, el club deportivo va quedando como una ruina de un pasado generoso pero imposible de sostener. Las empresas de capital local, a partir de 1947, van perdiendo terreno frente a las grandes corporaciones nacionales. La cervecería Tecate pasa a la industria cervecera nacional ese año. Y la cervecería Mexicali languidece hasta que una huelga en 1973 acaba con ella. Los tiempos en que los dólares se barrían con la escoba dan paso a ranchos pobres con su cadillac viejo y empolvado oxidándose bajo la sombra de los mezquites. Las vacas flacas han llegado mientras el faraón Luis Echeverría da el golpe mortal a los sueños de riqueza fronteriza con la devaluación del peso en 1976. Además, el cultivo algodonero, la zona libre y la industria turística crearon un boom económico.

Pero esa prosperidad empezó a ser vista como un problema por la óptica centralista del gobierno mexicano y por los empresarios del interior del país. Sergio Noriega expone cómo, a pesar de que Baja California ya era estado libre y soberano a partir de 1952, los tiempos felices de la zona libre se iban acabando. Para los años sesenta, la zona libre está bajo asedio. Desde el interior del país se le ve como un lujo que privilegia a los fronterizos bajacalifornianos sobre el resto del país. Sólo décadas más tarde se comprenderá que es un estatus de competencia y apertura a la modernidad. El primer experimento mexicano de globalización económica previo al Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un experimento, tal como una dimensión desconocida ajena al resto de nuestros compatriotas, que los bajacalifornianos aprovecharon a fondo para hacer negocios a diestra y siniestra. Pero como ya sabemos, los tratados de libre comercio que dieron comienzo en 1994 y se han extendido, bajo otros nombres, hasta nuestros días, son ejemplos de la visión del presidente Lázaro Cárdenas y del ingeniero Ulises Irigoyen, que imaginó la zona libre, que luchó tenazmente para verla realizada en la franja fronteriza del norte mexicano y que, con ello, contribuyó a la prosperidad de nuestra entidad. Si hay un monumento a levantar, yo soy de la idea que sea uno dedicado a Ulises Irigoyen, que sin ser bajacaliforniano ni vivir en nuestra entidad, la ayudó a prosperar, la hizo famosa.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

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