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Llegó mi familia a Tecate en 1950, cuando nuestra ciudad era un pequeño pueblo con alrededor de 4000 habitantes.

Por Roberto Vázquez

POR EL DERECHO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Llegó mi familia a Tecate en 1950, cuando nuestra ciudad era un pequeño pueblo con alrededor de 4000 habitantes. Como siempre ha sucedido, ese día se efectuaba el desfile que conmemora el inicio de la Revolución Mexicana en 1910. Los tecatenses vestidos de gala, observaban respetuosos a sus hijos desfilando muy erguidos, siguiendo el ritmo de la banda de guerra. Las autoridades, sentadas en el lugar más importante, con el cuerpo erguido miraban pasar a los vecinos y a los alumnos, por la calle recién regada. Yo tenía 10 meses de nacido cuando llegamos, así que no puedo hablar de mi primera impresión del pueblo. Pero si le voy a compartir mis recuerdos, posteriores a nuestro arribo.

Lo primero que me agrada de esta ciudad rodeada de cerros y con tantas piedras, que le dan un toque elegante a las colinas que nos abrazan todo el por un año. La atmósfera límpida nos permite conservar la salud y abrir la mente al disfrute del medio ambiente. Mi pueblo de ese entonces tenía un río con pendiente este oeste, que regaba los viñedos, cultivos familiares de tomate, cebolla, cilantro, rábanos y otros vegetales. La existencia de encinos permitía refrescar a los vecinos quienes, en los días de verano, acudían a sombrearse y a alimentarse bajo sus ramas. La tranquilidad se veía rebasada cuando quienes eran afectos a las bebidas embriagantes, escandalizaban en sus caballos por las silenciosas calles.

Recuerdo, con una enorme nostalgia, la posibilidad de rentar una bicicleta por un peso l hora, con la cual recorríamos varias veces las calles solitarias, sin toparnos con automóviles que hicieran peligrosa nuestra aventura. Siendo una región cálida, la mayoría de los pobladores dormíamos afuera de nuestras viviendas, en catres o sobre cobijas extendidas en el suelo. El cielo nos regalaba un sinnúmero de estrellas vibrantes, que alimentaban nuestra imaginación y embellecían las noches. Los mayores peligros y los riesgos que enfrentábamos estaban en el orden de las peleas a golpes uno contra uno. Había una escasez de asesinatos tan enorme, que cuando sucedía uno de ellos, todo mundo conocía a la víctima y, de seguro, también al victimario. La droga ilegal que más se consumía era la mariguana y quienes la consumían, eran mayormente conocidos. No era el cielo nuestra ciudad, pero estaba muy cerca de serlo. La tranquilidad social permitía que todas las actividades pudieran realizarse en completa seguridad.

Ahora, no tenemos la posibilidad siquiera, de disfrutar de un día de completa tranquilidad. Estamos tan acostumbrados a la violencia, que no extrañamos la paz social. No nos sorprende que sean miembros de nuestra propia familia, nuestros vecinos o compañeros de escuela, quienes sean los ejecutores de los crímenes más violentos que hemos sufrido estos últimos años. La violencia, la delincuencia y la drogadicción ya forman parte de nuestra idiosincrasia. Tecate es violento y, a pesar de todo, sigue atrayendo personas que desean afincarse aquí, los mismo que las industrias buscan nuestro municipio como sitio ideal para asentarse. Nosotros llegamos y nos quedamos y, con seguridad, permaneceremos aquí para integrarnos al suelo que nos vio crecer. Vale.

*- El autor es licenciado en Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.

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