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Columnas PÓSTIGO

Póstigo

Por Antonio Medina de Anda

Violencia desenfrenada Sobre la violencia imperante en el país se ha deliberado bastante en consideración a la contradicción que dicho fenómeno encierra. De hecho, la crecida virulencia en poco tiempo eclipsó la terquedad de aquellos que por años simplificaron el atroz siniestro a un entramado protagonizado por policías y bandoleros, a cosa limitada a fuego contra fuego entre tiradores profesionales (agentes, soldados y marinos) contra forajidos aparentemente mal armados, peor preparados y escasamente competentes para ganar la “madre de todas las batallas” al régimen jineteado durante los últimos 18 años por el Prian y sus comandantes Fox, Calderón y Peña Nieto. Para desdicha de los mexicanos, empero, la particular guerra enderezada contra el crimen organizado confirmó que las tropas malhechoras no eran fácil de amansar sino caballos muy cuereados, ya fuese al momento de surtir plomazos o al instante de repartir dólares y pesos entre los “justos” personajes del aparato judicial inclinados a no ver, oír, perseguir ni castigar la gravedad de los crímenes consumados que hasta hoy se muestran favorables para los perseguidos (bandoleros) y desfavorables para los persecutores (policías y fuerzas armadas), pues sin desdeñar los muertos, desaparecidos, extorsionados e intoxicados con toda clase de drogas, la maldad luce agigantada. Como multiplicadas son las lavanderías blanqueadoras de caudales de origen delictivo ancladas en emporios comerciales, financieros, industriales, agropecuarios, de la construcción, etcétera, que asociados o separados dan cuenta de un colosal poder económico de muchas formas lindante con fines políticos reveladores, por decir lo menos, del grado de filtración ejercido sobre unas procuradurías de justicia infractoras por brindar, amén de cobijo, impunidad por no aplicar el castigo merecido, lo que muestra, salvo evidencias en contra, la protección operativa de la corrupción por cuenta de los “aplicadores de la ley” (jueces, magistrados, policías) siempre al servicio de selectos malandrines vistan no de cuello blanco. Por lo pronto, la crisis humanitaria y de inseguridad reinante alcanzó tamaña dimensión no por la supremacía de los comandos empistolados civiles, capacidad de pólvora o diestros gatilleros (por supuestos nada despreciables) sino por la hábil sagacidad dedicada a sobornar, hasta pervertir, en sus justas ruindades a funcionarios públicos de todos los niveles y a empresarios ávidos de capitalizar rápido, eficaz y gratamente las remesas de oro y plata mal habidas que, como ejemplo, protagonizó el pelafustán secretario de trabajo de Felipe Calderón, que desorbitado ante la montaña de dólares hallados a un empresario chino exigió: o copelas…o cuello. Decenas de millones que salvo la información y fotografía divulgada se ignora quien se apoderó, trasladó y ocultó el fantástico botín: insultante y exacto proceder mediante el cual la PGR de Peña Nieto impide se aclare el pago de sobornos dados por Odebrecht a directivos de Pemex por solo recordar, sea dicho, una porción entre centenares de escándalos que por su descaro y no condena confirman la existencia de una estructura (organización, concertación, amparo, frecuencia y reparto) sobre el cual es recreado el proceder corrupto y frutos obtenidos que al ser determinados por un sistema de reglas o pactos no escritos su pertenencia, a más de insensible es escabroso. * El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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