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Columnas El arzobispo Wiley quiso conocer la biblioteca de John Dee. Había oído decir que era la mejor de Europa.

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

El filósofo lo recibió en su casa y le mostró sus libros. Tenía los de Homero; los de Aristóteles y Platón; las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Entre sus volúmenes estaban los mejores de la antigüedad latina: Virgilio, Séneca, Horacio, Cicerón. Toda la sabiduría judaica estaba ahí, lo mismo que la arábiga. El arzobispo Wiley, áspero, hizo una observación: –No veo aquí los libros sagrados. Dee lo llevó a la ventana. A través de ella se veían las montañas, el bosque, el río, el cielo de la tarde en que brillaba la primera estrella. En el jardín la esposa del filósofo jugaba con sus pequeños hijos. John Dee le dijo al arzobispo: –Ésos son mis libros sagrados. En ellos leo a Dios. ¡Hasta mañana!...

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