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Columnas MIRADOR

Mirador

El carrusel daba vueltas y vueltas en torno de sí mismo -igual hacen muchos hombres-, y los niños gritaban y reían jubilosos trepados en los caballitos y en las demás figuras de la calesita: el camello, la cebra, el elefante. De pronto algo sucedió y el carrusel se detuvo. Los pequeños se miraron unos a otros, desolados. San Virila pasaba por ahí y los vio, desolado también. Alzó la mano, pero lo detuvo una voz venida de lo alto: -No se te ocurra hacer el milagro de que vuelva a girar la calesita. El poder de hacer milagros no es para eso. San Virila practica siempre la santa virtud de la obediencia, tanto más santa cuanto más difícil es obedecer. No hizo entonces que volviera a girar el carrusel. Pero hizo que todas las cosas: la gente, los árboles, las casas- empezaran a dar vueltas alrededor de la calesita. Los niños pensaron que el carrusel era el que se movía y volvieron a gritar y a reír, felices y contentos. -¡Ay, Virila! -se volvió a escuchar la voz-. ¡Tú no tienes remedio! -Señor -replicó humilde San Virila-. ¿Vas a reprocharme esto que hice por amor a tus criaturas? -No te lo reprocharé -dijo entonces la voz-. Tú y yo no tenemos remedio. ¡Hasta mañana!...

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