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Columnas MAR DE FONDO

Mar de fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

La ruda batalla por el segundo lugar La batalla por el segundo lugar en la contienda presidencial ya llegó al terreno judicial, lo que era bastante previsible dado que ha sido un mecanismo usado históricamente por los gobiernos del PRI y del PAN cuando se trata de eliminar un rival político. En este caso, la PGR al abrir una investigación a Ricardo Anaya, candidato presidencial de la coalición PAN-PRD-MC, no pretende resolver un presunto ilícito sino sacar al candidato de la contienda política. Es un claro ejemplo del uso faccioso de las instituciones de gobierno para destruir o eliminar a los adversarios políticos. Un hecho que todavía no está plenamente asimilado en el imaginario colectivo de los mexicanos, por lo que no se ve su relevancia o su gravedad, así como las consecuencias negativas que tiene para la democracia y el Estado de derecho. Todavía, en muchos sectores sociales, se asume como algo normal, como un actuar cotidiano de parte del gobierno. Esto no significa exentar a Ricardo Anaya de cualquier responsabilidad, o de condenar que se investiguen algunos de sus movimientos financieros, varios de ellos bastante opacos, como resaltan algunas de las evidencias que se han presentado hasta ahora. Lo que se condena y hay que reprobar es una investigación con fines políticos, orientada fundamentalmente para descarrilar al candidato, para causar su desprestigio e impedir que pueda competir con cierta ventaja. Como antes se hizo con Andrés Manuel López Obrador en el gobierno de Fox, hasta llegar al famoso “desafuero”, cuyo propósito principal era anteponer una argucia legal para impedir que AMLO pudiera ser candidato presidencial. Hoy estamos viendo algo parecido en el caso de Anaya. En este caso el PRI o el gobierno de Enrique Peña Nieto tienen muy claro que si su candidato presidencial José Antonio Meade no repunta en las próximas semanas, es decir si no logra salir del tercer lugar, será muy difícil disputar la presidencia. Dar este paso es urgente, antes de que las campañas formales tomen su curso, pues después de ello el tiempo estará en contra del candidato priista. Para ello es necesario “bajar” a Anaya y restarle puntos, o incluso llevar las cosas judiciales hasta el extremo de quedar impedido para competir. Es una medida arriesgada, producto más bien de la desesperación que de una estrategia analizada, en la que se refleja más una preocupación por no quedar en un deshonroso tercer lugar que un intento real por ganar la silla presidencial. Esto justamente porque la acción contra Anaya puede tener diversas repercusiones, entre ellas las siguientes: Una, que en lugar de debilitarlo lo fortalezca, como sucedió de alguna manera con AMLO con el desafuero. Segundo, que la acción judicial contra Anaya se revierta contra el PRI y su candidato presidencial, afianzado la idea de que el PRI intenta ganar a como dé lugar, lo que conduciría al mismo escenario en que estamos ahora. Pero incluso si Anaya cayera del segundo lugar, o en el hipotético caso de que fuera sustituido, ¿eso garantizaría que Meade se colocara en el segundo plano y desde ahí pudiera disputarle con más fuerza la delantera a López Obrador? Realmente hay muy pocos elementos para poder dar una respuesta afirmativa, sobre todo porque los problemas que arrastra el candidato priista son casi estructurales, muchos de ellos difíciles de superar en tan poco tiempo. En otras palabras, la batalla por el segundo lugar entre Anaya y Meade puede convertirse en una lucha a muerte entre ambos, haciendo que los dos se neutralicen automáticamente, uno tratando de impedir que lo bajen y el otro buscando ocupar ese sitio. Una lucha que podría darse, incluso, si Anaya fuera defenestrado y en su candidatura lo sustituyera otra persona. Un escenario que, evidentemente, sólo beneficiaría a López Obrador y del que, ya desde ahora, está sacando un enorme provecho. La ruda pelea entre el PAN y el PRI no sólo revela un problema coyuntural, en el que está en juego la presidencia de la República, sino principalmente la profunda crisis política y de otro orden en que ambos partidos llegaron a esta fecha crucial. Es ahí precisamente donde se ha gestado la ventaja que ahora presenta López Obrador y, eventualmente, lo que podría explicar su triunfo. Si pensamos bien las cosas, hay un escenario que puede resultar peor que todos los anteriores, y que consiste en que el PRI o Peña Nieto en su desesperación, después de tumbar a Anaya o bajarle puntos, vayan tras AMLO utilizando los mismos métodos o incluso otros. Entonces sí, quién sabe qué pasará, porque el llano está bastante seco. ¿Llegaremos a este momento? ¿O nos acercamos, por qué no, a un posible pacto de “transición” entre el puntero y el gobierno actual? Volveré sobre el punto. El autor es analista político

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