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Columnas La dorada era del selfie/Gabriel Trujillo Muñoz

Columna Huésped

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En la historia de la fotografía, en su invención tecnológica primero para luego convertirse en una forma artística por sus propios medios, podríamos decir que la fotografía apenas va a celebrar sus 200 años de existencia creativa, de impacto mediático y social, en 2026, cuando se conmemore la primera captura de una imagen por una cámara fotosensible, cuando se festeje el acto inaugural realizado por el francés Joseph N. Niepce y que fue, por supuesto, la imagen de un paisaje. Lo interesante de este nuevo medio de comunicación es que captaba la vida real, creando obras que registraban el tiempo de su realización y, por lo tanto, eran documentos que servían de testimonios del mundo. Por vez primera se pudo ver a personas, ciudades, monumentos, sucesos diarios, batallas o desastres tal y como ocurrieron, sin pasar por el tamiz o el filtro imaginativo de pintores, dibujantes y grabadores. Por eso mismo, en pocas décadas la fotografía superó a la pintura realista como la verdad revelada, de tal forma que los artistas plásticos tuvieron que abandonar la pintura realista para incursionar en otras formas de plasmar el mundo. Gracias a la fotografía, la prensa se convirtió en un medio impreso lleno de imágenes que deleitaban, seducían u horrorizaban a la gente en todas partes donde vivieran. En este siglo XXI, ya incorporada la fotografía como aplicación en toda clase de artilugios tecnológicos, desde las computadoras portátiles hasta las tabletas y teléfonos celulares, hemos visto que estamos viviendo en la era dorada del selfie, esas fotos que tomamos de nosotros mismos, bajo cualquier pretexto y en cualquier circunstancia, para publicitarnos constantemente en las redes sociales de nuestro gusto o preferencia. Muchos suponen que este fenómeno mediático es cosa novedosa, constitutiva de nuestro siglo, producto del incansable afán de muchas personas en el mundo por ser reconocidas, seguidas, admiradas o celebradas por las fotografías que ellas mismas se toman, mostrando así una de las características de la cultura moderna: su promoción de la vanidad propia, de un yo inflado que demanda se le vea y se le festeje en todo momento o lugar. Y sí, esta glorificación del yo ya no es privativa de la gente famosa en los deportes, la política o los espectáculos, sino que ya ha pasado a la gente común y corriente, es decir, a cualquiera de nosotros. Por eso la fotografía selfie es, hoy en día, un acto eminentemente democrático, donde personas de toda clase social, religión o etnia, gente de todos los rincones del mundo, que cuentan con distintas ideologías, tienen en común el deseo irreprimible de decir: esto soy yo, mírenme, aprécienme, síganme, vean lo que hago a cada instante con mi vida, mis amigos, mi ocio o mi trabajo. Todo esto parece tan contemporáneo, tan actual, y entonces me topo con el selfie de Robert Cornelius, un fotógrafo pionero en los Estados Unidos, quien se hizo en 1839 el autorretrato (sí, sé que es una palabra larga, pero es en español) más antiguo hasta ahora conocido. Si uno examina esta fotografía de un joven que mira a la cámara con desdén, sin preocuparse mucho del qué dirán, pareciera que esta imagen fue tomada hoy mismo (sobre todo con tanta moda retro en boga), con lo que uno descubre que esa mentada glorificación del yo no es cosa de nuestra era sino un acto de identidad netamente humano: el de querer dejar plasmado nuestro rostro no sólo para nosotros mismos sino para los demás e, incluso, para que las generaciones venideras sepan cómo fuimos en los mejores años de nuestras vidas. Hoy vemos que el autorretrato ya era posible, hace 180 años, para todo aquel que tuviera una cámara y supiera tomar fotos. Ahora que esa destreza es ya la cosa más sencilla del mundo, que está al alcance hasta de un niño, el selfie es, sin duda, la fotografía que mejor representa nuestro siglo XXI, al menos en nuestro afán por decirle a los que comparten nuestras redes sociales: aquí estoy, mírenme, observen lo que estoy haciendo, contemplen el platillo que me estoy comiendo, vean la divertida que me estoy dando. ¿A poco no soy la envidia de todos? El problema, claro, es que mil millones de personas más están haciendo lo mismo que uno. En esa algarabía visual, en esa competencia de imágenes, ¿quién gana o quién pierde?, ¿quién va a sobrevivir al menos un segundo más? * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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