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Columnas COLUMNA HUÉSPED

Columna Huésped

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Las dos Españas España llegó tarde al Norte tardísimo. Y nunca, incluso en sus tiempos de mayor poderío imperial, logró dominarlo. Mientras que los soldados de Carlos I de España pudieron derribar, en menos de dos años, al imperio azteca, tomando en 1521 la gran Tenochtitlán, 200 años después no lograban conquistar, ni con la cruz ni con la espada, lo que hoy es el Noroeste de México y el Suroeste de los Estados Unidos. Algunos cuantos presidios y misiones, como islas aisladas en medio de un mar de indios rebeldes y tribus en resistencia permanente, era toda su ganancia territorial para mediados del siglo XVIII. Y eso no fue nada. En 1781, los quechán, los indios que residían a la orilla del río Colorado, en lo que ahora son los condados de Yuma, en Arizona, y la ciudad de Los Algodones, en Baja California, destruyeron al Ejército español y dos misiones recientemente fundadas, cortando de esa manera las comunicaciones terrestres entre Sonora y la costa del océano Pacífico. El desierto sonorense y de ambas Californias fue siempre, durante todo el periodo virreinal, un espacio libre de la injerencia occidental. Sólo hasta la llegada del Ejército estadounidense a esta región de América del Norte después de la guerra contra nuestro país, hacia 1847, es que esta parte del orbe dejó de estar desligada de la marcha del progreso y la civilización. Pero para entonces ya era muy tarde para los españoles en el Noroeste mexicano y especialmente en Baja California su empresa conquistadora sólo había dejado fuertes en ruinas, misiones abandonadas, caminos truncos. Una herencia de abusos que fue destruida por los indios belicosos de estas comarcas, por tribus que se rebelaron a ser sometidas por la espada y la cruz. En contraste con los indios del Sur, que en cuanto los occidentales tomaron prisioneros o asesinaron a sus caciques y emperadores se rindieron a los conquistadores, los indios del Norte desértico, los nómadas que no contaban con pirámides ni grandes centros de poder, lucharon por siglos contra la ocupación de sus tierras, se negaron a rendirse sin pelear hasta el último guerrero, se desplazaron de un sitio a otro para no ser capturados. Pero los españoles volverían ya en pleno siglo XX. Sólo que ahora regresaron no para conquistar sino para compartir lo que sabían, para descubrir el mundo americano en su desértica grandeza, en su frontera mexicana más septentrional. Y es que la caída de la República Española en 1939 marcó el principio de una dictadura, la del general Francisco Franco, que iba a durar 40 años. Los ciudadanos españoles, los que no quisieron vivir bajo un régimen que censuraba tanto la creación literaria como la investigación académica, que reducía a la ciencia a catequismos parroquiales, decidieron buscar mejores aires donde poder ejercer la libertad de pensamiento sin cortapisas clericales o fascistas. Muchos de ellos se esparcieron por Europa y los Estados Unidos, pero una buena cantidad de políticos, intelectuales y profesionistas españoles aceptaron la invitación del gobierno mexicano del presidente Lázaro Cárdenas y llegaron a nuestro país para rehacer sus vidas, para comenzar de nuevo su trayectoria como abogados, médicos, ingenieros, artistas y, sobre todo, como profesores de todos los niveles educativos. Aquí, en el México de la época de la Segunda Guerra Mundial, mientras este conflicto bélico asolaba el mundo entero, esta nueva camada de españoles, profesores de todas las materias de su tiempo, se dedicó a compartir lo que sabían sin pensarlo dos veces. Baja California, una entidad tan alejada del centro del país, es prueba de ello. Y uno de los símbolos de su labor educativa es, sin duda, el Instituto Agua Caliente, en la ciudad de Tijuana, en 1939, en donde muchos maestros españoles recién llegados a México habrían de trabajar por el progreso de los jóvenes bajacalifornianos. Maestros de la talla de Alfonso Vidal y Planas, Laureano Sánchez Gallego y Miguel Bargalló, entre muchos otros. Hombres de bien que perdieron a su patria en manos de militares golpistas, pero que ganaron una nueva al quedarse a trabajar y vivir en nuestra entidad. Muchos de estos profesores aquí trabajaron y murieron bajo el estandarte del exilio y la penuria, bajo la bandera de la lejanía hecha nostalgia. Como lo dijera Alfonso Vidal y Planas en un poema suyo: se trajeron España a Baja California, convirtiéndose en hijos suyos con cada clase dada, con cada enseñanza vivida. Representaban la otra España, la generosa, la crítica, la veraz. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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