No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas Los subterráneos de La Chinesca

Columna Huésped

Por

GABRIEL TRUJILLO MUÑOZ En Chicago hay tours para visitar los sitios emblemáticos donde hizo de las suyas Al Capone, en la época de la prohibición. En Europa se pueden visitar las prisiones donde la “santa” Inquisición llevó a cabo torturas y autos de fe contra herejes, masones, moros y judíos. El pasado sangriento, oscuro, criminal, se ha vuelto una industria turística en auge. No se intentan ocultar los horrores del ayer sino explicarlos a la luz de su cultura y circunstancia. No para perdonarlos sino para ver la crueldad, la brutalidad, la codicia y el fanatismo como lecciones de vida social que aún tienen muchas enseñanzas para la sociedad actual, esa que todavía padece la discriminación racial, el crimen organizado y el poder religioso, entre otros tantos desastres que nosotros mismos nos infligimos a diario. ¿A qué voy con todo esto? A que a veces tomamos un hecho histórico y lo adaptamos a fines comerciales, a propósitos de entretenimiento sin advertir lo que simboliza ese lugar específico, esa actividad de antaño en el contexto de una ciudad de frontera. Y es que nosotros, los mexicalenses, hemos entrado de lleno en la sociedad del espectáculo sin ponderar, bien a bien, qué significan los subterráneos de la Chinesca, qué representan históricamente para la propia comunidad china. ¿Es posible que estuvieran felices y contentos de residir en ellos o vivían en esos lugares en contra de su voluntad? ¿Por qué nadie habla de estos pasajes y barracas como lo que realmente eran: un sitio insalubre, hacinado, asfixiante, de alta mortandad para muchos de sus habitantes? El mito turístico oculta las condiciones inhumanas que implicaba vivir en ellos, ser una minoría étnica que debía esconderse, pasar inadvertida, no ser vista por el resto de la población. ¿Por qué nadie hace las preguntas pertinentes sobre un caso tan obvio de violación a los derechos humanos de los migrantes orientales en nuestra región? ¿A qué se debe que tantos historiadores y periodistas no cuestionen tal mito? Los subterráneos de la Chinesca fueron hechos, según nos dicen, para contar con espacios para soportar el calor, como recintos habitacionales para los trabajadores chinos que laboraban en el valle de Mexicali de día y que en ellos dormían o descansaban de noche, sirviendo igualmente como almacenes y túneles para el contrabando humano y de licor entre Mexicali y Calexico durante la ley seca en los Estados Unidos. Pero falta decir lo que incomoda, la explicación faltante: los subterráneos tuvieron como fin principal el aislar, el apartar a los chinos del resto de la población. Que esta comunidad trabajara en el campo estaba permitido porque con ello apoyaban el progreso de Mexicali y su valle, pero desde un punto de vista discriminatorio, los mexicalenses no querían verlos por la calle en multitud. Recuérdese que entre 1915 y 1930, había nueve chinos por cada mexicano y por eso las autoridades preferían que los chinos fueran invisible ante los ojos de los nacionales y, sobre todo, ante la mirada de los turistas extranjeros. Es decir, los subterráneos son el testimonio urbano de un ghetto que separaba por raza, que imponía el ostracismo a los orientales desde el poder en turno. Una prueba del racismo implícito que imperaba en nuestra sociedad. Alguien dirá que los chinos eran recibidos en fiestas y recintos oficiales de Mexicali, pero sólo eran bienvenidos los chinos ricos (banqueros, comerciantes, profesionistas) en los círculos sociales fronterizos. En cambio, los chinos trabajadores, pobres, que no aprendieron a hablar en español o en inglés, tenían que permanecer debajo de calles y edificios como sombras, como murmullos. Eran una fuerza laboral que no era bien vista fuera de sus espacios de trabajo. Y como eran miles frente a los centenares de mexicanos, no dejaba de vérseles como un peligro. Y más ante tantos periódicos y revistas que los llamaban la amenaza amarilla. Por eso digo que los subterráneos de la Chinesca son el símbolo de un racismo encubierto, de un orden social que obligaba a los chinos a mantenerse ocultos, sin hacer ruido, sin molestar al resto de la sociedad fronteriza. ¿Estaban satisfechos con sus condiciones de vida, con su esclavitud laboral, con su invisibilidad forzada? No lo creo. Porque en cuanto pudieron hacerlo, a mediados del siglo XX, dejaron los subterráneos y se esparcieron por todos los rumbos de Mexicali. Pero para entonces ya no necesitaban pasar inadvertidos ni eran una mayoría poblacional que pusiera a temblar a las autoridades locales. Ya eran, simple y llanamente, cachanillas. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Comentarios