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Columnas COLUMNA HUÉSPED

Columna Huésped

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Agítese hasta que se vuelva arte De los géneros musicales, todos han dado sus primeros pasos en la cultura popular –y muchas veces en las márgenes del mundo decente– antes de convertirse en ejemplos a seguir, en modas culturales. En el siglo XX, el jazz, el tango y el blues lograron pasar del campo del entretenimiento al campo artístico en tan solo unas décadas. En el caso del rock apenas pasaron 10, 12 años entre los primeros éxitos de Elvis Presley y los primeros álbumes conceptuales: las obras discográficas de los Beatles, Velvet Underground, Bob Dylan, The Doors, Jimi Hendrix o The Who. El rock se hizo arte en el transcurso de una generación y fue la banda musical que logró pasar de una época a otra creando, a la vez, un nicho propio en el mercado de los grandes éxitos pop sin dejar de producir trabajos que rompían los esquemas establecidos, las convenciones de su tiempo. Arte propio para una era de caos y enfrentamientos raciales, políticos, económicos y sociales. Los primeros en notar la carga creativa del rock fueron los escritores y periodistas que dejaron a un lado los prejuicios de que los grupos de rock sólo existían para poner a bailar a las parejas en los clubes nocturnos y se dieron cuenta que esta música era un instrumento poderoso para exponer tanto visiones personales como alegatos colectivos. Pronto, mientras aparecían obras maestras como Sgt. Pepper, Blonde on Blonde, Tommy, IV, Horses, London Calling, The Wall, Nevermind, OK Computer, Let England Shake, entre muchas otras, también fueron apareciendo los cronistas que dieron puntual seguimiento a la vida y milagros de cantantes y bandas de este género musical, que reseñaron sus discos e interpretaron sus canciones, que dieron testimonio de sus conciertos en vivo e hicieron reportajes de sus giras por el mundo. El rock importa no sólo por su impacto mediático sino porque sirve de catalizador de cambios en la sociedad, sigue siendo el pulso vital de las generaciones jóvenes hartas de un entorno que deseaban cambiar a su modo, tomando un producto del mercado y transformándolo en una herramienta de proclamas personales y comunitarias. El rock desnudaba sentires y sensibilidades, exponía emociones y rebeldías, daba espacio a la imaginación sin límites y rompía con tabúes y prohibiciones centenarias. De 1956 a la fecha, el rock pasó de verse como una música degenerada a objeto de estudios académicos, de considerarse una diversión para adolescentes a expresión artística, a brújula cultural. Y lo mismo ha pasado con géneros afines al rock, como el pop, la música electrónica y el hip-hop. Por eso no extraña que la prestigiosa colección editorial Library of America publique Shake It Up. Great American Writing on Rock and Pop from Elvis to Jay Z (2017), una recopilación de artículos, ensayos, reportajes y crónicas sobre este género musical a cargo del novelista Jonathan Lethem y del periodista Kevin Dettmar. En este libro de más de 600 páginas se incluyen medio centenar de textos que giran alrededor del interés genuino de sus autores por explorar 60 años de ruido y escándalo, pero también por dar a conocer un arte que ha creado sus delirantes mitologías, de un espectáculo que no pocas veces ha cambiado nuestra percepción de la realidad. Aquí se habla de sus contenidos y sonidos, de su búsqueda de comunidad como de los impulsos por establecer un lenguaje propio tanto como un mensaje para todos. Con autores que van de Lester Bangs a Elijah Wald, pasando por Lenny Kaye, Carola Dibhell, Dave Marsh, Jessica Hopper y Anthony De Curtis, Shake It Up nos recuerda que el rock es un fenómeno mundial imprescindible para entender nuestra época, una novedad que no ha dejado de ser novedosa a tantas décadas de su nacimiento, un arte que es “maravillosamente volátil” y que nunca se está quieto, que siempre se reinventa a sí mismo. El rock es, en estas páginas, el síntoma de una vitalidad incurable, la experiencia extrema de la vida que grita, aúlla, escupe su libertad, baila a su ritmo, se vuelve un tsunami de todas nuestras esperanzas y deseos. Una estampida de caballos salvajes por el paisaje digital de nuestro tiempo. Una lluvia púrpura para gente feliz, rabiosa, angustiada, alerta, que quiere derribar los muros de la realidad con una pequeña ayuda de sus amigos, con ese revoltijo de electricidad que sigue lanzando chispas al aire. Por mientras, como este libro lo declara, hay que mover el esqueleto, hay que sacudirlo. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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