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Columnas

Trágica terquedad

La verdad de los datos. La verdad de la evidencia. México es el país con en el cuarto nivel de defunciones confirmadas a nivel global. Con la cifra más alta de letalidad en el mundo y un exceso de mortalidad que triplica las cuentas oficiales.

Por Denise Dresser

En el momento más álgido de la pandemia, el Presidente, sentado en un avión, muestra el Pico de Orizaba. En los tiempos más tristes para tantos, AMLO alardea los avances del Tren Maya. A pesar de estar presuntamente vacunado, no recorre hospitales, no se reúne con víctimas, no honra a los muertos, no reorienta recursos para salvar vidas, no cambia el guión. Anuncia que cerrará actividades en 2020 con una gira por colonias de la Ciudad de México, a pesar del recién declarado "semáforo rojo" debido al incremento dramático de los contagios por Covid-19. Nada lo detiene, nada lo lleva a reconsiderar, a modificar. Él se mantiene impasible. Él a lo suyo. Regodearse en la popularidad, impermeable e intacta a pesar de la mortandad; encerrarse en su visión de la "Cuarta Transformación", como si la realidad no exigiera repensarla. Parece ser de esos hombres que nunca se retractan de sus opiniones porque se aman más a sí mismos que a la verdad.

 

La verdad de los datos. La verdad de la evidencia. México es el país con en el cuarto nivel de defunciones confirmadas a nivel global. Con la cifra más alta de letalidad en el mundo y un exceso de mortalidad que triplica las cuentas oficiales. Con más trabajadores del sector salud fallecidos -más de 2,000 y contando- que en cualquier otra parte. Con uno de los niveles más bajos de pruebas, por lo que no podemos saber quién está contagiado y aislarlo. Con 280 mil muertes en exceso, 10 millones de nuevos pobres, un millón de empresas cerradas, más lo que falta por venir. Al acabar 2020 superaremos el escenario doblemente catastrófico de 120 mil muertes confirmadas. Y enfrentaremos la peor contracción económica desde 1932.

 

Entonces dejemos las comparaciones a conveniencia, la fe ciega, el legado tóxico del neoliberalismo, las comorbilidades preexistentes y la indisciplina ciudadana como coartadas políticamente convenientes, pero intelectualmente perezosas. Rechacemos los argumentos libertarios provenientes de personas y funcionarios que se dicen de izquierda. Sin duda hay irresponsabilidad individual ante la crisis del Covid-19. Pero el Estado existe para cuidar el interés público ante el egoísmo privado, y no lo está cuidando. Al no regular adecuadamente la actividad social y económica, al no apoyar a las empresas, y al no proveer recursos para que la gente pueda quedarse en su casa, el Estado falla. Al no reorientar el dinero destinado a obras cuya viabilidad ni siquiera está comprobada, y cuya urgencia palidece ante el imperativo de salvar vidas, AMLO falla. La obcecación y la obstinación que explican su triunfo político ahora prefiguran su fracaso social.

 

Lo dice la Cepal en su "Observatorio Covid-19 en América Latina", donde resalta que México desplegó menos acciones en educación, salud y seguridad social que otras naciones en el hemisferio. Lo constata el FMI, en una tabla comparativa de apoyo gubernamental directo a hogares, empresas y el sector sanitario en América Latina, donde México está en último lugar. Lo explica el Coneval, en un reporte reciente, señalando que 8 de los 17 programas sociales del lopezobradorismo tienen claridad en su población objetivo, pero no así en el problema que buscan resolver. La 4T no está protegiendo ni siquiera a los pobres como podría y debería. No puede haber economía sana sin pueblo sano. No puede haber recuperación económica si se rechaza proteger adecuadamente a la población y a las empresas - micro, pequeñas y medianas- que son su motor dinámico. A Pemex le acaban de dar miles de millones de pesos más, mientras el presupuesto del 2021 no contempla aumentos del gasto en salud, a pesar de la pandemia.

 

Por más que se trate de ocultar y manipular, lo ocurrido en México es una desgracia. Y no afirmo esto para golpear al Gobierno en turno; lo escribo para que corrija el rumbo. Para que actúe e impida la muerte innecesaria de miles. Para que gaste en cuidar vidas y no en construir refinerías. Para que instrumente una estrategia de vacunación transparente y bien planeada. Hace poco el rey de Suecia reconoció que su país había fallado en apostarle a la inmunidad de rebaño. Hace poco Angela Merkel dijo que cuando mueren al día 590 personas, algo se está haciendo mal. Entendieron, como lo señala Chesterton, que la humildad es la madre de gigantes. Y que la terquedad inapropiada ante condiciones cambiantes no es meritoria. Es trágica.

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