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¿Qué va primero, tecnología o alimento?

La intención era -y es hoy- presentar cómo gracias a la tecnología, obviamente utilizada de manera honesta y éticamente correcta, se promueve un desarrollo humano más rápido y más amplio, que llegue pronto al mayor número posible de personas.

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Por Jesús Canale

Hace justo una semana esta columna llevó por título “Tecnología y optimismo” y algunos lectores manifestaron que “primero hay que alimentar al pueblo y después hacer tecnología”, a pesar de que aquel texto mencionaba avances tan eficientes en términos de costo por beneficio como, por ejemplo, un nuevo diseño de sistemas de W.C. que será de gran ayuda en regiones pobres. La intención era -y es hoy- presentar cómo gracias a la tecnología, obviamente utilizada de manera honesta y éticamente correcta, se promueve un desarrollo humano más rápido y más amplio, que llegue pronto al mayor número posible de personas. Pues hoy menciono varios logros recientes de “tecnología innovadora de muy bajo costo y aplicación masiva”, por así llamarle. El más emblemático es el de la rehidratación oral a base de agua con azúcar, sal y en ocasiones zinc, para consumo en casa y que surgió en 1990 cuando en el mundo morían cada año 5 millones de niños por deshidratación ocasionada por diarrea, casi todos ellos en países pobres; hoy, esa cifra ha descendido a 1.5 millones y es la estrategia más efectiva en costo-beneficio jamás habida en la historia. Otro: Filtros de agua a base de cenizas y nanopartículas de plata para quitar impurezas patógenas del agua y que ya se utilizan por multitud de personas, y a muy bajo costo. Otro: El agua consumida para la irrigación representa casi las tres cuartas parte del agua fresca en la mayoría de los países; la irrigación por goteo reduce el consumo de agua a la mitad pero los sistemas son costosos y requieren energía eléctrica: Un nuevo sistema de riego por goteo de baja presión que opera con energía solar, inventado en MIT,  ha reducido aún mucho más los costos y está al alcance de pequeños productores. Otro: Las jeringas “jet”, que resuelven la carencia de agujas estériles en muchos sitios pobres del mundo y se utilizan para vacunación masiva contra diversas enfermedades y sin riesgos adicionales. Otro: En Chile recientemente se inventó un sistema que codifica texto en tonos de alta frecuencia y se propaga por ondas de radio que pueden recibirse por cualquier teléfono inteligente cuando Internet haya dejado de funcionar como ocurre en los desastres naturales devastadores resolviendo así la incomunicación y sus graves consecuencias en momentos críticos. Otro: Para el diagnóstico de muchas enfermedades el microscopio es fundamental, pero es un aparato complejo, caro y frágil; hoy se puede sustituir por tiras de papel (“foldscopes”) que contienen lo equivalente a un microscopio en el minúsculo espesor de una hoja de papel y…¡a costo menor de un dólar! Otro: “El hipopótamo rodante” que es un sencillo, pero ingenioso artilugio que ha aliviado la faena diaria de millones de personas (la mayoría mujeres) que tenían que caminar kilómetros para acarrear agua “a cuestas” para sus casas con escalas para descansar que les quitaban más tiempo; bueno, pues hoy lo hacen con un barrilón de un plástico muy liviano que tiene un mecanismo de suspensión y rodaje de baja fricción que opera muy bien aún en terrenos anfractuosos (ver imagen). Y aún hay mucho más. En fin, no toda tecnología requiere enormes inversiones y, como vemos, hay tecnología de gran utilidad para graves problemas de muchos millones de personas, con frecuencia los más pobres y que requiere muy poca inversión, más cabeza y sobretodo más pasión por hacerles la vida menos complicada a tantos otros. Esto sí que es un cambio, una nueva civilización; esto sí que deben procurar nuestros gobiernos, nuestros maestros, nuestras escuelas y universidades, nuestras empresas. Nomás hay que voltear al mundo de vez en cuando, por ejemplo a la India. Nuestro compromiso no debe ser con el pasado -ese ya pasó-; es con el presente y lo que pronto seguirá.

Médico cardiólogo por la UNAM.

 Maestría en Bioética.

jesus.canale@gmail.com 

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