Columnas María Amparo Casar

¿Qué le queda al PRI?

El estado de la representación en México está marcado por un Gobierno de mayoría con pretensiones de convertirse en Gobierno unitario.

Por María Amparo Casar

El pasado domingo el PRI “renovó” su dirigencia. No hubo sorpresa. El Gobernador de Campeche con licencia obtuvo la presidencia en medio de un proceso cuestionado desde su inicio. Dejaron pasar una buena oportunidad. Quien recibe el partido lo recibe en muy mal estado, con una presencia muy disminuida y en un contexto político de suma dificultad. 

El estado de la representación en México está marcado por un Gobierno de mayoría con pretensiones de convertirse en Gobierno unitario. Un Gobierno que desde la Presidencia controle todos los cargos de elección popular posibles y a través de ellos todas las instituciones y las políticas públicas. Algo similar a lo que se vivió en México en los años dorados del PRI: Una estructura de poder hegemónica, personalista, discrecional, clientelar, concentradora y centralizadora del poder.  A todo esto, le ayuda la fragmentación de la oposición y los partidos en crisis que no aciertan a recomponerse internamente ni a actuar de manera coaligada para tener un poco más de fuerza y efectividad.

Le ayuda, sobre todo, algo que a mi parecer es contrario a la letra y al espíritu de las normas electorales que establecen que ningún partido podrá tener una sobrerepresentación mayor al 8%. Nadie ha explicado mejor esta ilegalidad y cómo se consumó que Ciro Murayama (Nexos, julio 2019) pero el caso es que con el 37% de los votos Morena sin sus aliados tiene el 51% de la Cámara de Diputados y el 46% del Senado. Con sus aliados, el 63% y 55% respectivamente. 

En el debate público y al interior de los partidos se habla ya de las elecciones intermedias de 2021 y la oportunidad para que la oposición política se fortalezca. Está bien. Un equilibrio en la cámara sería crucial para atajar las tendencias hegemónicas de un partido. Pero me parece que los partidos debieran centrar sus esfuerzos en otras latitudes. Para el 2021 el Presidente habrá pasado la mayoría, sino es que todas, las reformas que son indispensables para su proyecto. Desde luego que le importa conservar su mayoría en la cámara baja pero, para lo que está trabajando con la gran estructura clientelar que ha creado es para su movimiento y ese pasa por ganar las elecciones municipales. En el 2021 se eligen los municipios de todas las entidades menos dos: Durango e Hidalgo. Ahí es a dónde el Presidente apunta. 

Nada es para siempre, pero ante esta situación o el partido se reinventa o estará condenado a seguir siendo marginal. Pienso en tres salidas bajo la premisa de que la volatilidad del voto es el signo de los tiempos no sólo en México sino a nivel mundial.

Primero. Urge al PRI un deslinde del pasado reciente que es el que lo llevó a la debacle electoral: La desatención a las causas sociales, la inseguridad, la corrupción y la decepción que resultó ser la camada de gobernadores y nuevos cuadros en la administración pública que en teoría serían la punta de lanza de la modernización del PRI.  

Segundo. Lo lógico es el resurgimiento desde lo local, que es donde el PRI tiene su mayor fuerza y aunque seguramente empequeñecida, conserva una base territorial importante. No está fácil porque en un País centralista de facto los gobernadores dependen del apoyo federal para recibir a tiempo las participaciones que por ley les corresponden y las aportaciones tienen que ser negociadas. Esto reduce el margen de maniobra de los gobernadores para ser oposición, porque, si se “portan mal”, serán castigados por la vía presupuestal. 

Tercero. Reconstruir lo que siempre supo hacer el PRI pero que ensoberbecido por el triunfo en 2012 y por el abandono del partido, dejaron de hacer: La identificación de liderazgos locales fuertes. A ello ayudaría la construcción de una política de alianzas con otros partidos y organizaciones sociales. Puebla, más allá de las particularidades del caso, es un buen ejemplo que para desgracia del PRI y del PAN se malogró y que hubiese tenido un efecto de demostración importante.     

El 2020 es un buen año porque no hay elecciones. En este tiempo pueden tejer una política de alianzas con otros partidos, los gobernadores pueden intentar un buen desempeño en el que la corrupción no sea el signo de sus gobiernos y pueden identificarse liderazgos sociales.  

El 2021 es crucial, pero mientras llega hay mucho por hacer para dejar el triste papel de ser una oposición testimonial. 

María Amparo Casar es licenciada en Sociología por la Facultad de Ciencias Política de la UNAM, maestra y doctora por la Universidad de Cambridge. Especialista en temas de política mexicana y política comparada.
 

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