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Columnas Batarete

Padura y mis vacaciones

Cualquier rutina en estos días debe incluir una cuota razonable de ejercicio físico.

Por Ernesto Camou

Ayer falleció mi primo César Gándara Camou, una presencia importante en nuestra vida y familia. Un entusiasta miembro de la pandilla de chamacos que corríamos por los prados del Centenario y por la Plaza Zaragoza hace 60 años; un hombre bueno e ilustrado, ya se le extraña.

Esta semana iniciaron, para muchos, las vacaciones de verano. Serán probablemente el periodo de asueto más peculiar de la vida para varios, si no es que todos. Para los que trabajan desde casa poco cambiará; es de esperar que puedan no responder a las exigencias de su chamba, al menos por dos semanas. Pero entonces, muchos se preguntarán ¿qué vamos a hacer?

Por lo pronto será sano olvidarse de la oficina: Alejarse del teléfono y de la computadora, al menos para efectos de trabajo. Y no se puede andar de pata de perro: La cuarentena sigue vigente y tenemos demasiados contagios, hay que diseñar actividades alternativas, creativas y formativas, que eso de quedarse en el sofá, con un six y viendo telenovelas no es positivo para la salud ni la mental ni la corporal.

Cualquier rutina en estos días debe incluir una cuota razonable de ejercicio físico. Yo suelo caminar por las tardes, aunque en estas semanas con el termómetro alrededor de los 45º C, poco se antoja salir a sudar y exponerse a un golpe de calor, por más que ya sea el crepúsculo. Cuando ya no hay opción me pongo a dar vueltas entre la sala y el comedor, con el aire acondicionado refrescándome y la familia entre preocupada por mi estabilidad mental, y divertida con mis dislates.

Dos cosas trato de hacer en estos lapsos de ocio: Cocinar y leer. Ambas, cada una a su modo, me relajan y distraen. Con la primera contribuyo a solventar la humana necesidad de nutrirnos y trato de hacerlo, cuando me toca, lo más saludable y sabrosa que se pueda; y me divierte. La lectura es una actividad más bien solitaria, que me permite perderme en las historias de otros, en geografías diversas y épocas lejanas y con frecuencia seductoras. Para vacaciones prefiero novelas interesantes, que me ilustren sobre la vida, usos y costumbres en otros parajes, otras latitudes y tiempos, a veces remotos.

Estos días leí del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, una ambiciosa novela en la que entrelaza las vidas de Trosky y su asesino Ramón Mercader hasta su desenlace, cárcel y exilio del ejecutor, en La Habana. En todo el texto está siempre presente la figura siniestra de Stalin, manipulando y controlando vidas y muertes para concentrar su nefasto poder. Buena lectura, larga.

Pero si prefieren algo menos complejo, del mismo Padura hay una serie de novelas policiacas situadas en La Habana, en las cuales el protagonista, el teniente investigador Mario Conde, se dedica a recorrer la ciudad, describirla con cariño y profundidad, mientras trata de resolver crímenes y entuertos, buscar amor y encontrar amoríos transitorios al mismo tiempo que añora sentarse a escribir, su ilusión perene, una novela escuálida y conmovedora.

Son textos que rebosan un cariño, a veces matizado de cinismo, por una Cuba complicada y entrañable, y una mirada irónica a su Gobierno y su historia reciente; son interesantes, divertidos y aleccionadores, como deben ser las buenas novelas policiacas.

El detective Mario Conde aparece en 9 libros. Los enumero en orden: Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño. Le siguen Adiós Hemingway, La neblina de ayer, La cola de la serpiente, Herejes, más ambiciosa y larga, y La transparencia del tiempo.

Hay que buscarlos, no es sencillo. Ir a librerías implica un riesgo; algunos los conseguí en línea, otros los tengo en edición impresa. Vale la pena repasar en orden la serie de Mario Conde, y si hay lagunas, luego se corrigen. También sugiero, con un compromiso pundonoroso para retornarlas, leerlas de prestado.

Descansemos, si se puede.

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